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grandes ciudades latinoamericanas

Agosto 24, 2013 11:57 AM por Mario Alfonso Murillo

Maario Alfonso MurilloCuando viajo al exterior, y la gente me pregunta que si soy de Estados Unidos, suelo responder con un irónico “No, yo soy de Nueva York”, ante lo cuál me saludan mirándome fijamente y con miradas burlonas.

Si bien lo digo sobre todo para hacer reír e iniciar la conversación, existe un lado de seriedad en cuanto a mis sentimientos al respecto. Es el lugar a donde vinieron mis padres de jóvenes, prevenientes de distintos puntos del hemisferio, forjando una constelación trinacional que sirve de base a mi identidad cultural y social en mi calidad de profesional, educador de los medios de comunicación y quizás, lo más importante, como padre que está criando a hijos conscientes y comprometidos en esta loca metrópoli.

Cuando yo digo Nueva York, lo digo de verdad: ¡la Ciudad de Nueva York, en toda su gloria y depresión! Tal vez yo sea un poco sensible, pero pocas cosas no me molestas más que el hecho de que los neoyorquinos se refieran a “la ciudad” como Manhattan, borrando en un instante la compleja geografía de diversas comunidades que conforman los otros cuatro distritos, cada uno con increíbles historias. El concepto del neoyorkino centrado en Manhattan le hace un daño a la idea del NYC como la Meca cultural que verdaderamente es, algo que yo redescubro cada vez que me doy mis vueltas en bicicleta de 40 millas por mi barrio en Jackson Heights Queens, pasando a través de Woodside, Sunnyside y Long Island City, prosiguiendo mi camino a Greenpoint y Williamsburg, Brooklyn por el puente en la parte baja de Manhattan, luego hasta el espacio verde en el lado oeste hacia Washington Heights e Inwood y, y en seguida, hacia el Bronx, para al final relajarme por El Barrio y East Harlem, y volver a entrar a Queens pasando por el puente de la calle 59 (lo siento, está Staten Island, aún tengo que subir mi bicicleta al Ferry).

Esta es la ciudad que yo llamo mi hogar y, sí, una de las grandes ciudades latinoamericanas.

El año pasado, cuando en la escuela mi hija de octavo grado se embarcó en un proyecto de clase sobre la “justicia social”, me acordé de esto una vez más. Al grupo se le encargó que se conectara con una organización comunitaria local y que trabajara junto con ella para entender realmente la situación de las personas que trabajan en el terreno. Después de haber elegido a una importante organización en defensa de los inmigrantes ubicada en nuestro barrio, los profesores sugirieron que necesitaban a un acompañante si es que iban a llevar a cabo sus visitas fuera de Manhattan. Esto le molestó a mi hija porque estaba muy emocionada de mostrarle su barrio a sus compañeros en el proceso de hacer el trabajo de campo. A mí tampoco me gustó, pues pensé que tal política enviaba las señales equivocadas a los niños que acababan de empezar a involucrarse en el activismo comunitario por toda la ciudad. ¿En qué tipo de compromiso cívico podría uno participar si el único círculo que te permitían explorar por tu cuenta era la zona de confort de Greenwich Village?

Fue un momento de una enseñanza valiosa y, si bien la solución era que se requerían chaperones para todos en la clase, sin importar dónde llevaran a cabo su trabajo de campo –claramente, no era lo que pedían– me agradó la manera cómo en el grupo de mi hija trabajaron todos juntos por convertirlo en una valiosa experiencia de activismo comunitario, por toda la ciudad. Salieron e hicieron conexiones con las personas directamente afectadas por nuestras políticas de inmigración actuales y visitaron lugares que de otro modo no habrían conocido. Entre sus logros estuvo el hecho de haber entrado en relación con un joven activista local indocumentado inmerso en la campaña para apoyar el Dream Act, a quién más tarde invitaron a que fuera a la escuela a hablarle a toda la clase sobre los derechos y desafíos que enfrentan los jóvenes latinos inmigrantes que han sido traídos a los Estados Unidos por sus padres sin la documentación apropiada.

Con un poco de suerte, todo el proceso puso un freno de golpe a los estereotipos del mundo “desconocido” fuera de Manhattan al asecho. Como mi hija lo sabe bastante bien, siempre estoy listo para acabar con los estereotipos erróneos.

Recuerdo un episodio en uno de mis primeros trabajos en los medios de comunicación como asistente de producción en una de las estaciones de radio de solo noticias de Nueva York. Trabajaba el turno de la noche, y el editor de turno, en un esfuerzo por conocer a este nuevo chico en la sala de redacción, comenzó a hacerme preguntas sobre lo que había estudiado, dónde vivía, y en general, sobre cuáles eran mis orígenes.

“Mario Moo-rillo”, dijo en con un acento nasal románico, “Tú debes ser italiano”.

Le expliqué que mi madre era de Moca, Puerto Rico, y que mi padre era de Bogotá, Colombia, y que yo era el fruto de la experiencia latinoamericana en la ciudad de Nueva York, 100% un híbrido colombo-riqueño con una profunda conexión cultural a todas las Américas. Sí, lo sé, es un poco exagerado, pero eso es exactamente cómo yo me he descrito a la gente durante mis días en la universidad e inmediatamente después, a medida que me convertí en alguien instruido en el trabajo de las imponentes figuras históricas como José Martí, Pedro Albizu Campos y Agusto César Sandino.

Unos momentos después de mi respuesta, el editor me miró y me dijo, con la lengua presionado firmemente su mejilla, “¿Mario, esto significa que eres demasiado perezoso para vender cocaína?”. Los pocos ocupantes de la sala de redacción que estaban presentes en el momento soltaron una carcajada colectiva, a mis expensas.

Aunque me molestó la broma, en ese momento no hice gran escándalo, en cambio archivé el episodio al fondo de mi cerebro para tenerlo de referencia futura. Yo llevo conmigo esa aparentemente insignificante interacción hasta este día, ya que me recuerda a las percepciones problemáticas acerca de los latinoamericanos, que la gente sigue compartiendo, incluso las personas que uno podría describir como profesionales educados e instruidos que desempeñan roles importantes en la toma de decisiones en algunos de nuestros más importantes medios de comunicación.

Comparto esta anécdota con mis estudiantes de periodismo de radio todo el tiempo en la puerta como esfuerzo para lograr que comprueben sus propias concepciones erróneas. Y mi hija, a quien cariñosamente me refiero como mi “cuartorriqueña” (su madre es de Colombia) me ha oído contársela a la gente mil veces, un recordatorio para ella sobre quién es ella, quién NO es y de dónde viene: ¡de una de las grandes ciudades latinoamericanas!

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