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Un regreso a Cuba descongela los temores de la Guerra Fría

Agosto 25, 2013 4:05 PM por Raul Ramos y Sanchez

Raul Ramos y SanchezEn el corazón de casi toda familia cubano-americana hay una tragedia. La mayoría de nosotros fue separada de sus seres queridos por las pasiones de la ideología. En algunos casos, esto incluye el temor a las represalias y el encarcelamiento. Muchos también perdieron propiedades personales. Heridas como  ésta no sanan con facilidad. Así es que mi primera visita a Cuba después de 52 años en el exilio comenzó con fuertes temores. 

 Desde la ventana del avión, mi primer vistazo de la costa cubana fue una mancha de color blanco en una bruma azulada. Surgiendo de las nubes, un espectáculo familiar apareció a la vista: el racimo de las pálidas torres de la ciudad de la Habana abrazando al mar alrededor de la bahía en forma de bolsillo. Desde el aire, parecía que poco había cambiado desde aquella vez que dejé mi patria a mis once años en 1961. 

 Mientras el avión rodaba sobre la pista hacia la terminal, algunos letreros descolorados en los edificios exaltaban las virtudes de la revolución socialista. Eso parecía algo familiar. Yo había dejado la Habana en medio de las tensiones de la Guerra Fría cerca del punto de ruptura entre Estados Unidos y Cuba. En los últimos 18 meses la invasión de Bahía de Cochinos y los numerosos bombardeos habían sacudido a la isla. Ahora, yo regresaba a un lugar donde mis recuerdos más vívidos incluían a un miliciano cauteloso en su traje de faena sentado en la esquina de la calle cerca de nuestra casa sosteniendo una ametralladora checa en su regazo.  

 Me habían asegurado que la enemistad de la Guerra Fría y el miedo que recordaba era algo del pasado. Sin embargo, estaba todavía receloso acerca del tipo de recepción que un cubano como yo, que había dejado la isla hace mucho tiempo, recibiría de sus compatriotas. La respuesta llegó tan pronto como salí de la terminal especial para vuelos chárter de Estados Unidos que traían a ciudadanos cubanos que regresaban. 

 Detrás de una cerca a la altura de la cintura estaba parada una muchedumbre con profundidad de cinco a seis caras volteadas como girasoles hacia los pasajeros que salían de la terminal. De repente supe lo que debe sentir una estrella de cine en la alfombra roja. La nostalgia y la emoción en esos rostros fue algo electrizante. A partir de ese momento, sabía que estaba de vuelta en casa.  

 Al pasar en coche por la Habana en un pequeño sedán ruso por primera vez en cinco décadas, mi atención se dividió. Yo quería ponerme al corriente con los años de noticias de la familia con mi primo y su hijo casi en la mediana edad que acababa de conocer por primera vez. Pero al ir pasando fuera del coche había sitios que vislumbraba en mi memoria: la cúpula de platillo volador del estadio de la Ciudad Deportiva; la aguja como rallador del monumento a José Martí por encima del techo de un taxi; los edificios con techos planos color pastel emplazados entre palmeras y árboles de majagua. 

 En los siguientes siete días, me reuní con tías, tíos y primos a los que había visto por última vez de niño, junto con un grupo aún más numeroso: sus descendientes, nacidos después de que yo había dejado Cuba. Incluso el más joven de ellos sabía la historia de mi madre y yo, la tía, que se había divorciado de su marido y que se fue con su hijo para los Estados Unidos hace mucho tiempo. Esta tradición de la familia se mantenía viva en ambos lados del estrecho de Florida. Mi madre les había contado a sus tres hijos –dos de los cuales habían nacido en los Estados Unidos– una gran cantidad de historias sobre sus parientes en Cuba. Estas tradiciones familiares convergieron en una serie de reuniones emocionales llenas de abrazos, risas, lágrimas, cantos y bailes.  

 Lamentablemente, mi madre nunca regresó a su tierra natal. Ella falleció tranquilamente dos meses antes de nuestro viaje. Fiel a su espíritu resuelto, nosotros perseveramos y celebramos su vida con la familia que nunca se olvidó de ella.  

 Después de unos días en la isla, mi esposa germano-irlandesa del Medio Oeste, se convirtió en una cubana. Cautivada por mi familia y ellos por ella, mi esposa acogió el ambiente cubano de expresión desinhibida. En nuestras reuniones, ella comenzó a hablar con entusiasmo con toda la familia (generalmente por lo menos 20 personas) en su escaso español, algo que rara vez hizo con su propia familia. Siguiendo la verdadera moda cubana, mi esposa incluso inventó una palabra en español para las múltiples grandes y alegres reuniones familiares a las que atendíamos. “¿Estás listo para otro día de familia-hijo?” me preguntó con una sonrisa la cuarta mañana que pasábamos en la isla. (Los cubanos a menudo añaden "hijo" a una palabra, dándole el mismo contexto hiperbólico como cuando se añade el prefijo “uber” en inglés).  

 Junto con nuestras reuniones familiares, nos encontramos también con una cálida acogida de parte de muchos otros cubanos en lugares públicos. Hay todo tipo de escasez en la isla. Pero el humor y el entusiasmo son un abasto abrumador. Muchos de los residentes de la Habana te encantarán con su exuberancia que trasciende los desgastados y sucios edificios. Además, a diferencia de muchas áreas urbanas de los Estados Unidos y América Latina, los turistas y lugareños caminan casualmente por las calles de la Habana día y noche.  

 Una persona sabia una vez observó que algo que se pueda decir de una nación es verdad. Cuba es un lugar complejo y mis impresiones de la isla son limitadas y subjetivas. Hay otros exiliados cubanos que todavía albergan sentimientos demasiado fuertes como para visitar Cuba hasta que no se dé un cambio de régimen en la isla. Ellos tienen mis condolencias y compasión. De todos modos, Cuba está cambiando.  

 La Unión Soviética ya no existe. Ha caído el muro de Berlín. Estados Unidos negocia ahora con sus antiguos enemigos, China y Vietnam. Pero persiste el ostracismo de Cuba de parte de Estados Unidos, una reliquia de la Guerra Fría tan anacrónica como los coches de Estados Unidos de los años 1950 que famosamente conducían por las calles de la Habana.  

 Irónicamente, el destierro diplomático de Cuba está sustentado principalmente por los exiliados de la isla en los Estados Unidos. ¿Debemos continuar el embargo que ha fracasado en derrocar al régimen de Castro en más de 50 años? ¿O hay otro camino para Cuba que le permita surgir de sus problemas políticos y económicos sin agitación y derramamiento de sangre? No tengo la respuesta. Pero una visita a la isla puede ser el primer paso para mis coterráneos. Mi viaje a Cuba me dejó con un destello de esperanza para el futuro. La reverencia por la familia de nuestra cultura en última instancia puede transcender la política y ayudarnos a forjar una mejor nación. Quizás ha llegado el momento para que la calidez de la familia descongele la Guerra Fría.  

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