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The History Written on our Faces

Agosto 29, 2013 4:06 PM por Judith Escalona

Escalona

Judith Escalona1949: Cuatro años después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Mis padres se habían apenas conocido. Por medio de bailes y otros eventos sociales como el Baile Anual del Armisticio, los veteranos de guerra estaban encontrando a sus futuras esposas y maridos y reinsertándose a la vida civil. Las personas celebraban por todo el Imperio Americano, desde el Caribe hasta el Pacífico, entre ellos los puertorriqueños. Después de haber servido en las fuerzas armadas estadounidenses, volvían a sus familias a Puerto Rico o Nueva York, donde se convirtieron en parte de la Gran Migración.

Mi madre se había asegurado una posición en Nueva York después de haber trabajado para traer de Puerto Rico a su propia madre y a la mayoría de sus hermanos a Estados Unidos. En 1949 el primer gobernador puertorriqueño elegido democráticamente asumió el cargo. La Operation Bootstrap, destinada a promover la industrialización de la isla, sólo estaba comenzando. Mi madre María Antonia Torres estaba lista para una nueva vida.

Mi padre Mariano Virgilio Escalona había viajado del Este después de que su su padre, un oficial del ejército filipino, fue decapitado durante la ocupación japonesa de Filipinas. Buscó nuevas oportunidades para ayudar a su madre y a sus hermanos desde lejos. Los filipinos tienen un término para aquellos compatriotas que van al extranjero y mantiene a sus familias--
balikbayan. Mi padre era un balikbayan cuando conoció a mi madre.

La historia de estos tiempos está escrita en los rostros de mi familia puertorriqueña. Ocho de nosotros nos vemos como euroasiáticos. Las hermanas de mi madre, Titi Celia y Titi Julia ("titi" significa "tía"), también se casaron con filipinos. La gente imagina que estamos relacionados por nuestro lado asiático debido a la forma en que nos parecemos.

Mi madre y sus dos hermanas conjuntamente compraron una casa de tres pisos en la Avenida de Bryant en el Bronx, cada una ocupando un piso con su esposo e hijos. Pasamos los primeros diez años de nuestras vidas juntos en lo que podría ser considerado uno de los primeros co-op. Nuestros hogares ejemplifican la ley matriarcal puertorriqueña, con nuestros padres filipinos por lo general lejos en el mar. Mis tíos Sammy y Andy pasaron toda su vida en la Naval y la guardia costera de EEUU; mi padre estaba en la marina mercante de Estados Unidos. 

  Los Escalonas ocupaban la primera planta con acceso directo al porche y al patio trasero. Mi hermano y yo pasamos mucho tiempo jugando al aire libre. Mi madre era una firme creyente en que la salud se lograba tomando el sol y respirando aire fresco. 

 Los Evangelistas vivían en el segundo piso. Cuando no estaban en la iglesia, mis dos primos pasaban el tiempo en su escalera de incendios y en paseos religiosos. Titi Celia se había convertido a la fe Pentecostal a finales de los cincuenta. Mi abuela Uquita, nuestra gran matriarca, vivía con ellos.

El Julatons se mudaron al tercer piso donde el dueño anterior dejó un viejo piano vertical. Titi Julia había estado casada antes y traída a sus cuatro hijos de Puerto Rico a vivir con ella y sus cuatro hijas mitad filipina. Al tío Andy no parecía importarle. Estas primos mayores cantaban Doowop y R & B. tocaban la conga, la guitarra y el piano. Les enseñaron a sus hermanas menores a cantar y a bailar con la más reciente salsa, soul y rock. Todavía recuerdo las grandes fiestas que Titi Julia hacía durante las vacaciones. Todo el clan Torres aparecía.

Los puertorriqueños prosperaron en Nueva York. Muchos se trasladaron a los suburbios, otros compraron casas en Puerto Rico. Seis de mis tías y tíos se trasladaron a la isla después de jubilarse o haber ahorrado lo suficiente como para iniciar un pequeño negocio. Mis tíos Gallardo y Eduardo eran dueños de barberías en el Bronx y regresaron a Puerto Rico para abrir su negocio allí.

Los Julatons fueron los primeros en salir de nuestra cooperativa, y regresaron a Puerto Rico a finales de los sesenta como parte de la migración inversa. Yo era demasiado chico para recordar su triste despedida, pero lo suficientemente grande una década después para sufrir por la salida de los Evangelistas. Mi madre compró las acciones de sus hermanas y a la larga perdió la propiedad debido al deterioro urbano. Vivimos en lo que vino a ser conocido como el Fuerte Apache. Les costó casi la vida a mis padres.

Nuestro barrio había sido una mezcla de judíos, italianos, indios occidentales, afroamericanos y de los puertorriqueños siempre en aumento. Mi mejor amigo Fishy, Raymond Álvarez, era puertorriqueño y cubano. Vivía enfrente de nosotros. El padre de Fishy emigró de Cuba debido a la creciente inestabilidad política allí. La mayoría de las casas en nuestra cuadra eran de propiedad privada y la calle estaba pavimentada con ladrillos rojos. El doctor de la familia hacía visitas a domicilio y tenía su oficina en un edificio de cómodos departamentos en la esquina. Fue nuestro mundo antes de que la crisis económica de la ciudad devastara al Bronx.

Qué tan diferentes le podríamos haber parecido a nuestros vecinos es algo confuso porque el barrio era diverso y nuestra familia formó su propia sociedad o enclave. Parecíamos más puertorriqueños que filipinos aunque nos veíamos asiáticos. Parecíamos más americanos que puertorriqueños porque nuestra educación y la mayoría de nuestras referencias culturales eran estadounidenses. Disfrutábamos de las hamburguesas, los perros calientes y las papas fritas. Saboreábamos las comidas con plátanos maduros, bistec encebollado y arroz con habichuelas. Nos entusiasmaba el adobo de carne de cerdo, el pansit y la sopa de pollo al jengibre. Cuando nuestros padres estaban en casa, nos deleitábamos con platillos de ambos lados del imperio y con algunos platillos americanos también. Como un corte de carne de Nueva York, término medio, con una pizca de salsa de tomate, acompañada de rebanadas de pan francés untado de mantequilla acompañado con un Seven-Up helado. Era uno de los platillos favoritos de mi padre y mío también —aunque hoy raramente como filetes o tomo bebidas gaseosa.

Algunos de nosotros todavía vivimos en el Bronx, pero todos los puertorriqueños-filipinos se han ido. Finalmente, mis padres se mudaron a Long Island. Acabé en el Upper West Side de Manhattan, yendo  a la Universidad. Mi hermano ingresó al servicio. 

Muchos de los que llegaron de Puerto Rico murieron, pero no sin antes ver a una generación cada vez más diversa de puertorriqueños-filipinos. Mi sobrina y cinco sobrinos son puertorriqueños-filipinos y polacos. La mayoría están casados y tienen hijos propios, agregando a mexicanos y chinos a la mezcla puertorriqueña. La historia de estos tiempos también está escrita en sus rostros.
 

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