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Jeiwsh-Latinos

Agosto 31, 2013 11:31 AM por Aurora Flores

Jewish and Latinos.PNG
Aurora FloresPor mucho que en realidad suene a cliché, la verdad es que una imagen sí describe mil palabras. Recientemente  publiqué esta fotografía en Facebook que generó más de mil impresiones y comentarios. El tema: los latinos y los judíos. 

 En mi investigación para un próximo libro sobre la vida y los tiempos del legendario de la música salsa, Larry Harlow, conocido como El Judío Maravilloso, me encontré con un interesante tomo de mesa de centro escrito por Myrna Katz Frommer y Harvey Frommer, “It Happened in the Catskills” (sucedió en las Catskills). Al ir hojeando sus capítulos y mis ojos escaneando las fotos en blanco y negro que decoraban muchas de las páginas, me detuve en el Hotel Concord. Allí, en el centro de un salón de baile repleto, sentado en una de las mesas, está un tórrido Sid Caesar tocando su saxofón, ajeno a la conmoción y sorpresa de la habitual clientela y de la banda no acreditada que yo reconocí como los Machito and his Afro-Cubans.

 El elegante salón con sus columnas drapeadas, mesas vestidas de lino cubiertas de botellas de vidrio, vasos llenos hasta la mitad, y una clientela de peinados altos y trajes de alta costura contenía al ritual común de todas las noches veraniegas, a un estay mayor del entretenimiento refinado, cenando y bailando, de los años cincuenta y sesenta: un comediante de primera, una popular estrella y una orquesta de música Latina.

 “No sabía que Sid Caesar tocaba el saxofón”, así comenzaron los múltiples comentarios. Siguió una lista de comentarios sobre algunas de las bandas de jazz con las que Sid improvisaba música. Algunos detectaron lo que parecía ser una pareja enojada parada junto a los cordones del escenario mientras que otros notaron a la gente de aspecto moreno ya en el escenario o al chico vestido de traje en el extremo izquierdo de la foto. Unos pocos notaron a la mujer dirigiendo su mirada hacia arriba a la banda, en tanto que varios otros señalaron a la cliente carcajeándose en frente de los improvisados soplidos de Sid. Una agitación de comentarios dio comienzo en torno a la identidad del saxofonista en el escenario, mientras que todos los latinos del foro de discusión por internet, del thread, inmediatamente reconocieron la enojada mirada del director musical Mario Bauza. Machito se encuentra totalmente sorprendido detrás de Mario que está siendo refrenado por el brazo reconfortante del trompetista principal Alfredo “Chocolate” Armenteros al mismo tiempo que éste contempla a ese alocado judío que está deteniendo el show con una mirada que dice: “Yo voy a tomar lo mismo que él toma”.


 Desarrolladas después  de la Segunda Guerra Mundial por muchos judíos europeos del Este que escapaban no sólo de los rusos y nazis sino también del sofocante y sobrepoblado gueto del Lower East Side de una América que pasaba de una vida agraria a la industrialización, las montañas Catskills fueron el oasis del hombre pobre de una ciudad ardiente y segregada cuyos letreros una vez advirtieron, “No negros, no judíos, no perros”.


 Con cerca de 200 hoteles en Upstate New York a una hora al norte de la ciudad se extendían, sobre vastas y verdes acres de tierra cubierta de vegetación entre Monticello y Ellenville en Sullivan y el Condado de Ulster, las Catskills, los “Hamptons” de su época.


 Hoy en día, el trompetista de 85 años de edad  “Chocolate” Arementeros, considerado como el Louis Armstrong afrocubano, con cariño recuerda los complejos vacacionales de las Catskills de Upstate New York como lo que más se acerca a lo que se podría parecer a Cuba pero sin las palmeras.


 “Por más de una década tocamos durante veranos ininterrumpidos con Machito en el Hotel Concord. Era como una pequeña ciudad en sí misma. Nos alojábamos en los búngalos, la pasábamos con el resto de los artistas, el personal y los que no podían permitirse el lujo de quedarse en un hotel. Después del programa de la matinée del domingo nos regresábamos en coche a los búngalos y hacíamos una buena fiesta cubana a la antigua, afuera, cociendo a las brasas un cerdo en el asador con arroz blanco, frijoles negros, ron y Coca Cola. Hacíamos la fiesta juntos como familia. Mi hijo ni siquiera aprendió a jugar golf allí."


“El Borscht Belt tenía un corazón español”, recuerda Larry Harlow. “Era poco menos que una “Meca de la música latina “.


 Al igual que en la época dorada cuando el sonido de las grandes bandas regía en las ondas de radio de los años 40 y 50 con Glenn Miller, Duke Ellington, Benny Goodman y Stan Kenton ¡junto a ellos estaban la rumba y el mambo! Cada hotel tenía una banda de rumba en el lounge y una gran banda u orquesta en el salón de baile para el show de la noche. Las mejores bandas tocaban en diferentes hoteles cada noche. José Curbelo, Xavier Cugat, Tito Puente, Tito Rodríguez y Machito fueron sólo algunos de los grandes nombres del mambo que tocaban en las Catskills.


 De niño Larry Harlow vio a “centenares de personas que se formaban para recibir las lecciones de mambo gratis junto a la piscina. Killer Joe Piro calentaba el salón con su clase de baile antes de hacer pasar a todos esos judíos a bailar y girar como pirinolas dreidels al ritmo del mambo de “La bola de Matzoh” o “la rumba rumana”.


“La música tenía algo de alegría triste, de música judía con un poco de alcohol. Un sonido mágico que irisaba el cabello en la parte posterior del cuello con una emoción anticipada, era una época diferente aquel entonces. Veníamos de una guerra y una depresión, pasando de tener estatus de inmigrante a incorporarnos como ciudadanos comunes. Teníamos que relajarnos, necesitábamos sentirnos libres, pero más importante aún, necesitábamos ser judíos y todavía sentirnos como parte de un clan”.


 Las bandas de música latina fueron el entretenimiento de cada bar mitzvah y boda judía. Los hombres judíos de mediana edad, calvos y con sobrepeso giraban con mujeres hermosas deslizándose por el piso como si ellos pesaran 100 libras. El mambo fue el vals judío. Increíble. Los músicos latinos agradecidos de tener trabajo estable lo comprendíamos lo suficiente bien como para saber tocar Hava Nagila a ritmo de mambo. Tan reciente como el año pasado, Harlow y sus Latin Legends encendieron a los huéspedes en el Bar Mitzvah del hijo de Paul.


 Eran tantas las similitudes como para ignorar que las voces de vibrato de la rumba flamenca de España sugieren el fraseo y el timbre de voz de los cantores judíos de los templos. La música de las montañas de Puerto Rico tiene ese sabor “cantórico” en sus voces como si cantaran en las shul, las sinagogas askenazis, exteriorizando sentimientos de un intenso pathos de pasión, dolor y lucha mezclada en su historia de supervivencia. Los ecos de esta danza sinérgica entre las culturas y razas africanas compiten con el eco resonando a través de los adoquines españoles del Corredor Cultural de Sevilla donde el Rey Fernando designó a un negro libre como gobernador de la mezclada población al mismo tiempo que escoge a un judío sefardí para ser el músico de la corte y el primero que se hizo a la mar rumbo a América con Colón. 

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