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Navidad Boricua en Nueva York

Septiembre 3, 2013 10:14 AM por Aurora Flores

Aurora FloresYo cconocí a mis abuelos por primera vez en 1958. Provenían de las montañas de Lajas, Puerto Rico. Siendo una niña que vivía en las torres de bajos ingresos de Nueva York, mi abuelo me pidió que le trajera la curiosa caja negra que él tenía. Desató las correas de cuero, deslizó sus manos a través de los lazos a cada costado y luego las estiró para abrirlas. Mi boca se abrió y mis ojos se ampliaron conforme iba oyendo respirar con vida a la piel plegada del acordeón. Un tío sacó un cuatro, una linda guitarra pequeña con diez cuerdas de acero en cinco pares. 

 

Apareció una guitarra. Me pusieron en mis pequeñas manos dos cucharas colocadas con la parte trasera una contra la otra mientras que se agitaba un par de maracas. 

 

No importa de dónde vengas, el solo hecho de escuchar nuestra música folklórica te transporta el alma al paraíso. Aquí en Nueva York el aluminio puede reemplazar a las hojas de plátano para los pasteles; se puede intercambiar por pollo el relleno de cerdo; los pinos y las sirenas sustituyen a las palmas y a las ranitas coquis; la vivienda de bajos ingresos y los guetos ocupan el lugar de las montañas y los pueblos. Pero nada sustituye una típica parranda, nuestros villancicos de nostalgia navideña que de alguna manera han logrado navegar a través del Internet en los corazones de los humildes. 

 

Escuché el cuatro otra vez en los años 70 cuando nuestro instrumento nacional armonizó y cantó con Héctor LaVoe. Hasta ese momento habíamos visto a la música de nuestra infancia como algo "hickey". Pero esta nueva combinación de jóvenes latinos que tocaban con el icónico Yomo Toro era diferente. Me serví de las sabias palabras de la abuelita mientras nos llenábamos de la alegría de los sencillos placeres que algunos de nosotros de Nueva York solo escuchábamos a través de la vibración del canto del cuatro de Yomo Toro cantando con la letra de Héctor. Yomo los hizo famosos. 

 

Esa música se abrió camino con el movimiento popular británico del rock, el R&B y los boogaloos que reinaban entre los niños de los años 70.

 

Los Moros introdujeron la guitarra a Iberia (España) y por el siglo XVI un instrumento parecido al laúd de cuatro cuerdas viajó a Puerto Rico con los conquistadores. Fue llamado “cuatro”, bautizado con una cuerda adicional y hecho de una sola pieza de madera nativa, del “guaraguao” utilizado por los indígenas taínos. Sus cinco cuerdas se duplicaron para un mejor paralelo y para armonizar con una guitarra de acompañamiento. 

  

Intrínsecamente musical, Puerto Rico –al igual que el cuatro – surgió de las influencias de tres razas distintas, donde la música y el baile son alimento para el alma. La mezcla en paralelo de las décimas españolas (poemas de diez estrofas), la percusión africana e indígena de los güiros y las maracas caminan en paralelo a la fusión de las razas, dando nacimiento a las plenas, las bombas y los Aguinaldos.

 

La raíz se encuentra en el “Aguinaldo” (que literalmente significa un regalo); una forma de canción poética que se funda en las coplas españolas. Al ser un descendiente de los villancicos, los cantos navideños de los españoles, el trovador conduce al coro en un animado canto de llamadas y respuestas. 

 

Simultáneamente nostálgicos y alegres, festivos y melancólicos, trágicos y eufóricos, los Aguinaldos unen la carne con el espíritu en un ritmo que a veces puede ser tan complejo que se requiere de un dedicado trovador musical para cantarlos. Las palabras pueden ser religiosas pero irreverentes, a menudo inocentemente eróticas o políticas con agudo comentario social, en tanto que la música es tan festiva como el espíritu de la temporada. 

 

De la Acción de Gracias hasta los Ocho días después de la duodécima noche, los puertorriqueños celebran las octavitas en las que grupos de músicos y cantantes celebran trullas (o parrandas). Es, en esencia, una fiesta improvisada, móvil con la parafernalia de un carnaval que circula de casa en casa cantando, bailando, pidiendo regalos en la Nochebuena y en la Epifanía, el día de dar regalos en toda América Latina. El 6 de enero, el Día de los Reyes. 

 

Recuerdo a los Reyes: Gaspar, Baltasar y Melchor; el rey de España, el rey africano y el sabio rey anciano asiático que de alguna manera lograron llegar al Barrio de Nueva York en sus camellos dejando regalos debajo de la cama. Mi madre nos hacía recoger pasto seco, incluso hasta tuvimos que cavar bajo la nieve, y ponerlo en una caja de zapatos con agua para los camellos de Los Reyes. Le pregunté, ¿cómo es que los camellos podían llegar a nuestro edificio de Nueva York? Incrédula, mi madre me miró y me dijo, “Tú crees en un gran hombre blanco que llegó hace dos semanas y te trajo los patines, ¿cierto? Tú puedes, entonces, creer en Los Reyes y sus camellos. 

 

Cuando me desperté ese 6 de enero había una bolsa de papel llena de dulces, artesanías y baratijas atadas a mi muñeca. Historias de las tres edades y razas de Los Reyes nos fueron contadas acompañadas por la música que trajo a la poesía, los valores y la historia a nuestros corazones. Las melodías líricas del cuatro parecían estar siempre ahí, sutiles, sin pretensiones, como un amigo, compartiendo la nostalgia y la melancolía de nuestros padres a la vez que animaban nuestro jolgorio de canciones. Cantamos y bailamos hasta que, al igual que nuestros antepasados, nos caímos del cansancio. 

 

Estacional o todo el año, la música de nuestro folclor a través de los cuatro es una expresión del corazón de Puerto Rico que se toca con la gallardía y la emoción que teje el intrincado mosaico cultural de la “raza” de los puertorriqueños. Es la herencia que dejaremos para el futuro con la esperanza de que pueda mantener viva la inocencia de nuestra humanidad.  

 

Con cada parranda pasamos la antorcha de tres razas envueltas en la riqueza de las tres culturas, a un nuevo mundo de niños.

 

Legaremos la trilogía de valores del viejo mundo resguardados en los símbolos de los regalos de Los Reyes: oro, un homenaje a nuestros derechos inherentes; incienso, un recuerdo a nuestra espiritualidad y mirra, un amargo recordatorio de nuestra humanidad.

 

Nuestra música folclórica abarca estos emblemas vivientes de nuestra existencia, trayendo la alegría a nuestras vidas.

 

Esta música me llevó al lugar de dónde vine. Me ayudó a comprender las tradiciones de mis abuelos. Me dio un sólido fundamento, que me ayudó a sobrevivir a las tentaciones de los años 70, la confusión de los años 80, la codicia de los años 90 y el caos y el trauma en que se ha convertido este milenio. No importa donde haya nacido o qué idioma hable, yo soy boricua, una jíbara urbana, una puertorriqueña de Nueva York. 

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