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Estoy con el 16 por ciento

Septiembre 5, 2013 8:34 PM por Ingrid Rojas

Ingrid RojasEn 2012, Pew Hispanic hizo la pregunta: “Cuándo piensas, ¿lo haces en su mayoría en español o en inglés?”. Como es de imaginar las respuestas variaron según las generaciones: la tercera generación de respondedores dijeron que en su mayoría piensan en inglés, mientras que los respondedores de la primera generación (inmigrantes) dijeron que en su mayoría piensan en español. Sólo el 16 por ciento dijo que pensaba en ambos idiomas. 

 La encuesta no se metió a especificar cómo exactamente este 16 por ciento piensa en ambos idiomas: ¿lo hacen en una especie de espanglish, intercambiando palabras entre idiomas en un mismo pensamiento? O ¿es que un pensamiento ocurre en un idioma y luego otro viene en el otro? ¿Cómo sabremos incluso en qué idioma estamos pensando, a no ser que realmente estemos pensando? Igualmente podrían haber preguntado en qué idioma soñamos, porque realmente yo no lo sé.  

 Identificar los procesos internos de los latinos es algo que va más allá del alcance más amplio y más importante de la encuesta sobre  La opinión de los latinos sobre su propia identidad, pero la calidad abstracta de esa pregunta cautivó mi imaginación. La encuesta hace mayormente preguntas pragmáticas del tipo  “¿Prefieres el término de hispano o de latino?” o “Cuando ves la TV, ¿la ves mayormente en español o en inglés?" 

 Si yo fuera una de los respondedores, probablemente habría contestado la pregunta sobre "el pensamiento" de manera realmente irritante y con rodeos. Siendo una típica inmigrante de la primera generación para quienes el español es su primer idioma, yo estoy dentro del 16 por ciento.  

 Creo que en los dos idiomas, no a la manera del espanglish, pero de manera alterna. El mío todavía en un cerebro de una pista cuando se trata del idioma. Si yo estoy conversando con alguien, digamos, mis padres en español, lo más probable es que voy a seguir pensando en español después de que haya terminado la conversación; pero si estoy en el trabajo hablando en inglés, lo más probable es que continuaré pensando en inglés a medida que las conversaciones resuenan en mi cabeza. Cuando estoy sola, sin embargo, digamos caminando sin pensar, supongo que por defecto me paso al español. 

 Si bien muy pronto va a cumplirse el vigésimo aniversario de mi llegada a Estados Unidos, nunca he sido buena en espanglish, ni en pensar ni en la conversación, a diferencia de muchos otros latinos bilingües, biculturales de los Estados Unidos.

 Me mudé a Texas para ir a la universidad cuando tenía 18 años, recién salida de la preparatoria en Colombia donde yo crecí. Como muchos niños de clase media alta de Bogotá, tomé clases de inglés a lo largo de la preparatoria, reforzándolas con una fuerte dosis de influencia cultural estadounidense proveniente de programas de televisión como el de MTV “Es mi vida (My so called life)”, la música de bandas como "The Cure" o "The Pixies" y las películas como "Rebelión en las ondas", pero nada me preparó para la mescolanza de lenguas de Texas. 

 Mi compañera de cuarto Crystal, una empedernida fan de los Dallas Cowboys y de Selena, me introdujo por primera vez al fino arte del espanglish. Empezaba hablando en español y luego con el mismo ímpetu cambiaba al inglés, causando el equivalente a un ataque en mi inflexible cerebro.  

 Después de terminar la universidad, me mudé a Nueva York donde conocí a muchos latinos de la segunda generación que hablaban espanglish y la usaban como la tercera lengua de un selecto club del que yo no era miembro. Cuando expresé mi dificultad para mantenerme al corriente con el espanglish, mis amigos se vieron realmente sorprendidos por mi rigidez verbal.  

 Traté de apegarme a una lengua durante las conversaciones infundidas de espanglish, pero luego me sentí como que abandonaba mi lengua materna o como que no podía hablar inglés, o sencillamente como que no formaba parte de esa conversación.

 Aunque teníamos una cultura subyacente y un patrimonio cultural compartido, nuestras respectivas crianzas eran absolutamente diferentes. Después de todo, yo crecí en un país de habla hispana, mientras que ellos crecieron en una cultura bilingüe.  

 Ahora vivo en Miami y trabajo entre muchos latinos de la primera generación que comparten mis retos del idioma. También trabajo con muchos latinos de la segunda y tercera generación que me hablan en espanglish y respondo en mi dudoso espanglish para seguirlos, pero sobre todo me apego a una lengua.  

 Creo que tengo los retos lingüísticos de un inmigrante de primera generación (todavía hablo Inglés con acento español, el que probablemente nunca desaparecerá) pero tengo los gustos de la segunda generación de latinos (recibo mis noticias e información en inglés, por ejemplo).

 Me he adaptado a una cultura bilingüe precisamente para mantener ambas lenguas separadas, sencillamente porque se niegan a comprometerse y mezclarse en mi cerebro.

 Así que estoy con el 16 por ciento de los latinos que dicen que creen que piensan en ambos idiomas, pero como ocurre con muchas estadísticas, esa dualidad es un poco más compleja.

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