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El Valiente: Chalino Sánchez

Descruba más sobre la vida, muerte e impacto del legendario Chalino Sánchez, un cantante importante de los corridos de Sinaloa.

Los hechos de la vida de Chalino son muy sencillos. Nació en el rancho Las Flechas y se crió en Sanalona, un pueblito como a 33 kilómetros al este de Culiacán. Según el reportero norteamericano Sam Quiñones, quien ha entrevistado a muchos de los amigos y socios de Chalino, su leyenda comienza con un incidente que parece sacado de las hazañas de Pancho Villa: Cuando era niño un hampón violó a su hermana, y a los quince años, Chalino de encontró con el violador en una fiesta. Se le acercó y sin decirle ni una sola palabra, lo mató a balazos. Se tuvo que ir del pueblo y se fue a vivir con una tía en Los Ángeles, donde tuvo varios empleos de los que les ofrecen a los ilegales: medio legítimos y a media sueldo. También trabajó de socio con su hermano Armando, pasando drogas y personas de contrabando entre fronteras. En 1984 mataron a tiros a su hermano Armando en Tijuana, y dicen que el primer corrido lo escribió Chalino poco tiempo después para conservar la memoria de su hermano.

Narcocorrido: A Journey into the Music of Drugs, Guns, and Guerrillas.

Wald, Elijah. Narcocorrido: Un viaje al mundo de la música de las drogas, armas y guerrilleros. Disponible en ambos inglés y español de Rayo, una impresión de Publicar de Harper Collins.

Fue por aquella época que Chalino se metío en problemas con la ley y fue a dar a la cárcel durante unos meses. Hay quienes dicen que ahí comenzó una nueva carrera. Escribió canciones sobre los otros presos, vendiéndoles por dinero o por favores composiciones que los protagonizaban. Tenía facilidad innata para escribir canciones. Cuando lo soltaron de la cárcel ya estaba en demanda entre los narcotraficantes de poca monta y los hombres duros de Baja California y del sur de California. Escribía a sueldo, tipo reportero musical para toda persona que pudiera pagar. En este mundo, en el cual no cunde el alfabetismo, los corridos no se leen, se escuchan, y los clientes de Chalino no querían ver la letra impresa sino que querían un cassette con su corrido cantado por una banda. Él no se consideraba cantante, así es que contrató a un grupo de músicos norteños, Los Cuatro del Norte, para grabar su primer lote de productos comerciales. Sin embargo, ya en el estudio él tomó el mando. Según lo cuenta su amigo Pedro Rivera, "Ellos nunca pudieron cantar un corrido, entonces él se enfadó y dijo, 'Dame, que los cante yo.' Entonces se metió y los cantó como él creía que se cantaban, y así quedaron grabados para siempre".

La respuesta de Chalino explicó su propósito, "No loco, así como está. No los quiero para vender, nada más para que cada cabrón oiga su corrido y que ya se lo grabé".

Así fue con los primeros cassettes. Chalino grababa quince canciones, cada una encargada por algún hombre duro local, le hacía una copia a cada cliente y ya. Para la tercera grabación, sus clientes le estaban pidiendo copias adicionales para repartir entre amigos, y el dueño del estudio, un tal Angel Parra, le sugirió que sacara una serie de 300 cassettes, lo cual sería más profesional. Se vendieron fácilmente y luego llegaron pedidos para más, y así Chalino se convirtió, poco a poco, en un cantante profesional. Fue un proceso paulatino. Entró por primera vez a un estudio en 1986 ó 1987 y transcurrieron varios años antes de que llegaran las multitudes a verlo, pero ya la gente quedaba impresionada por su estilo único.

Chalino no se parecía en nada a los otras estrellas de la música norteña, hasta se podría decir que su atractivo era de antiestrella. No lo consideraban como otro cantante sino como lo verdadero, un valiente recién salido de un rancho en Sinaloa. Su voz, nada bonita, era un desentonado gimoteo nasal que sonaba tieso y forzado, especialmente en sus primeras grabaciones. Él mismo decía, "Yo no canto, yo ladro". Pero ésta fue una de sus mayores ventajas porque cuando la gente lo escuchaba, al instante sabía que él era distinto. Su voz era inconfundible, y por ser tan repelente se notaba que había vivido esa vida y que sabía en carne propia de qué se trataba. No era una banda de música pop norteña, de trajes de cowboy elegantes, que cantaba sobre Camelia la tejana. Era la voz auténtica del narcotráfico, de los tipos de tez morena que andan en sus troconazos y que ni vestidos de seda podrían disimular sus costumbres de pueblo.

Chalino era el hombre indicado en el sitio indicado en el momento indicado. En 1988, los mismos Tigres dejaron por un lado los trajes vaquero ostentosos y la vereda musical en la que habían incluido el rock suave y los ritmos sudamericanos, y lanzaron una colección desguarnecida de canciones sobre la delincuencia llamada Corridos Prohibidos. Un reto para las personas que pensaban que ellos se habían vuelto ricos e indiferentes a sus orígenes, salían en la portada en una rueda de presos y el título hacía gala del hecho de que siempre se prohibían sus narcocanciones en las radiodifusoras. Según algunos reportes, ése ha sido su álbum más popular hasta el memento (los álbumes de corridos en particular se venden mayormente en versiones pirata, así es que no hay manera de saber cúantos se vendieron), y aunque pronto volvieron a lucir sus trajes blancos y adornados de tigre, esto comprobó que eran capaces de captar el espíritu de nuestros tiempos. De la misma manera que el rap forzaba al mundo del pop gringo a enfrentar los sonidos endurecidos y la realidad sin tapujos de las calles de la ciudad, el corrido se despojaba de sus propios atavíos para convertirse en el rap del México actual y de los barrios del otro lado.

Los Tigres constituían la nueva onda, pero Chalino la definió. Al igual que Elvis Presley, Bob Dylan, Aretha Franklin o los raperos gangsta, su estilo cristalizaba el momento tras el cual nada volvería a sonar igual. Muchos le tenían aversión a sus álbumes, insultándolos como chirriantes y torpes, pero su base de aficionados pronto alcanzó más allá de la muchedumbre callejera de Los Ángeles y de Tijuana que lo había alentado al comenzar. A los aficionados de corridos mayores y de la Sierra Madre o de los desiertos del Norte, les llamaba la atención lo mismo que emocionaba a los jóvenes punk de Los Ángeles: Chalino era la pura neta. Era un corridista sumamente atinado en su crónica de los acontecimientos del mundo a su alrededor.

El sonido de Chalino era anatema con la música popular ranchera pero pronto se escuchaba estruendosamente de las ventanas de los carros de los low riders que se paseaban lentamente por los varrios, y su séquito creció como una llamarada. En 1990, Chalina dio un concierto en El Parral, un club popular en Southgate y acudió tanta gente que el dueño tuvo que cerrar las puertas con llave para evitar el exceso de gente.

Chalino era un fenómeno local conocido únicamente en el sur de California, en la región contigua al área fronteriza y en Sinaloa. Su adelanto en publicidad ocurrió el 20 de enero de 1992. Cantaba esa noche en un club en Coachella, California, justo afuera de Palm Springs, y un mecánico desempleado subió a la plataforma para pedirle una canción cuando de pronto se saca una pistola y le dispara a Chalina en un costado. Manteniendo su reputación intacta, Chalina sacó su propia pistola y le disparó. A final de cuentas, el supesto asesino tenía una herida de bala de su propia pistola en la boca, Nacho Hernández tenía una herida de bala en el muslo, y por lo menos cinco personas más estaban heridas, incluyendo a un joven que se desangró y murió camino al hospital. En Sinaloa dicen que hubieron más muertos y heridos, pero que como la mayoría eran ilegales con vínculos en la delincuencia los sacaron del club y cruzaron la frontera sigilosamente antes de que llegara la policía.

El tiroteo fue muy sonado en todos los periódicos, tanto los ingleses como los españos, y hasta lo comentaron en el programa de ABC, World News Tonight. Las ventas de Chalina se elevaron hasta los cielos y por fin comenzaron a tocarlo por la radio aunque solamente tocaban una de sus canciones pop más anticuadas que no tenía nada que ver con el narco, "Nieves de Enero". Para su próximo concierto en Los Ángeles, El Parral estaba atestado de gente y tuvieron que cerrar las puertas al público a las 6:00 p.m., como cinco o seis horas antes de que él saliera al escenario. Pero según Quiñones, Chalina no estaba muy contento con esta nueva notoriedad.

So sentía vulnerable, y en los meses siguientes repartió su collección de pistolas entre sus amigos y firmó un contrato con Musart, una de las compañías de discos y publicaciones más grandes de México, dándole a Musart los derechos a sus canciones y recibiendo a cambio dinero suficiente para comprarle a su esposa e hijos una casa. Con este acuerdo se ganó la impresionante cantidad de $350,000 pesos (unos $115,000 dólares en esa época). Tenía mucho sentido hacerlo ya que en el mundo de los corridos de la calle es raro que una canción dure más que su cantante. Pero resultó ser un desastre financiero. El contrato regalaba todos sus derechos in otorgarle regalías y así fue que su familia perdió lo que le correspondía de los millones que se hicieron después de que él se convirtiera en leyenda.

Chalina llegó a ser legendario tal y como se esperaba: El día 15 de mayo, a los cuatro meses del tiroteo en Coachella, dio un solo concierto en Culiacán, en el Salón Bugambilias. Fue un exitazo, pero después la cosa se puso fea. Tal y como la cuenta Quiñones en su libro True Tales from Another Mexico, (Cuentos verídicos de otro México) Chalina se fue en carro del club con dos de sus hermanos, un primo y varias mujeres jóvenes. Un grupo de hombres armados que iban en Suburbans los paró en una glorieta, mostraron carnés de identificación de la policía estatal, sacaron a uno de los hermanos del carro y le dijeron a Chalina que su comandante lo quería ver. Chalina aparentemente pensó que buscaban mordida. Les ofrecío dinero pero ellos no lo aceptaron. Luego consiguió que soltaran a su hermano, diciéndoles que lo acababa de conocer en el show. Hablaron un poquito más, Chalina aceptó irse con los hombres y se montó en uno de sus carros mientras los otros los seguían.

El 16 de mayo de 1992 dos campesinos encontraron el cadáver de Chalina Sánchez tirado en un canal de irrigación cerca de la carretera norte que sale del pueblo. Tenía los ojos vendados y marcas de soga en las muñecas. Le habían metido dos tiros en la nuca.

La secuela fue una versión mexicana de la historia de Tupac Shakur: la muerte de Chalina lo elevó de cantante a leyenda, y los corridistas de la costa oeste apresuradamente publicaron montones de versos en homenaje al vate caído. La viuda de Chalina le contó a la investigadora suiza Helena Simonett que elle sabía de 150 corridos dedicados a su esposo fallecido e indudablemente habían más que ella no conocía. "Nieves de enero" se volvió un hit por la radio, y Musart impulsó toda una "nueva" serie de álbumes de Chalina, usando sus grabaciones vocales para crear versiones nuevas de sus canciones, con banda y con mariachi y falsificando dúos con el ídolo muerto del Noroete, Cornelio Reyna y con la estrella de la música ranchera, Mercedes Castro. Pocos años después, el mundo de los corridos desde Culiacán hasta Los Ángeles estaba inundado de imitadores que cantaban con el mismo estilo de tenor country desguarnecido y salían en las portadas de sus álbumes con rifles y pistolas.





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The injustice of all the people dying on the border is somehow lessened if we Americans think of them as people who didn't have family, money or opportunity.”

— Natalia Almada, Filmmaker

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