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Los puertorriqueños en América
in English | en español

Una selección de
Llegar a ser americana: Un ensayo exploratorio
por Sonia Nieto


...La cuestión de llegar a ser americana me ha obsesionado por muchos años, pero hasta hace muy poco no me he enfocado en el asunto de una manera deliberada ni consciente. Mi fascinación intensa con este asunto tiene raíces en mi propia formación: aunque yo nací en este país y he pasado toda mi vida aquí, aunque mi formación y educación y vida profesional son enteramente de los Estados Unidos, a pesar de todo eso, cuando la gente me pregunta (y es inevitable que me pregunte), "¿Qué eres?" o "¿De dónde eres?" siempre contesto, "Soy puertorriqueña." ¿Por qué es que, para mí, ser americana parece estar en conflicto intrínsico con ser puertorriqueña? Irónicamente, yo misma reconozco que, de algunas maneras, soy enteramente americana; es decir, mis experiencias, gustos, y valores me definen inmediatamente para otras personas como "americana," aunque tenga una conexión profunda con mi patrimonio puertorriqueño. Hace unos años, estaba platicando con un puertorriqueño nacido en la isla cuando él me comentó -- a gran sorpresa mía -- que sabía inmediatamente que yo era de los Estados Unidos ¡sólo después de observar mi lenguaje corporal! Aunque yo estaba convencida de que era puertorriqueña como cualquier otro puertorriqueño, con la mancha del plátano en mi cara y cuerpo, él todavía pudo adivinar mis raíces americanas.

También debo reconocer que las oportunidades sin precedentes que se me han ofrecido en los Estados Unidos me han dado la posibilidad de superar las opciones que habría tenido si no me hubiera criado ni educado en este país. Aunque es cierto que la mayoría de los puertorriqueños, como mucha gente de color, no recibe estas oportunidades, y que a nuestra sociedad le falta mucho para realizar sus ideales de oportunidad igual para todos, a pesar de todo eso, es cierto que la mera existencia de estos ideales ha influido dramáticamente en la vida de mucha gente. Probablemente, mi vida como una profesora y escritora bastante exitosa me habría sido imposible si me hubiera criado en la isla con mi familia de clase obrera y poca educación formal. Sin embargo, no me gusta ser definida como americana, y eso me preocupa, porque en un nivel muy profundo comprendo que yo tengo derecho a esta identidad, sobre todo si quiero trabajar para cambiarla.

No estoy sola en mi lucha con y contra la identidad. En mi vida, he conocido a muchas personas que tienen emociones semejantes. Muchos de nosotros, llamados "biculturales" (no necesariamente porque hayamos escogido este nombre, sino por las circunstancias de nuestras vidas), nos hemos enfrentado con el mismo problema (Darder, 1991). ¿Es el hecho de haber nacido aquí lo que nos hace americanos? ¿Es posible nacer en otro país y llegar a ser americano? ¿Cuántas generaciones son necesarias? ¿Somos de aquí o de allá, de ningún lugar, o de los dos? ¿Ser americano quiere decir borrar o disminuir el acento extranjero, los valores culturales, el color o la textura de nuestra piel o nuestras vidas? ¿Dónde cabe nuestro idioma, a veces inaceptable, tanto en nuestra comunidad de origen como en la sociedad más grande? ¿Es necesario "cambiar" nuestra identidad por otra, así como cambiamos un coche viejo, para adquirir la imagen nueva y brillante de ser americanos? ¿Cómo podemos reconciliar los sistemas de valores, idiomas, códigos de conducta, y actividades -- contradictorios y a veces dramáticamente diferentes -- que experimentamos en nuestras vidas cotidianas?

...Huelga decir que las cuestiones de raza, estado colonial, y clase social (en otras palabras, cuestiones de poder y falta de poder) son la raíz de los conflictos que describo aquí. En particular, el enorme peso de la historia de supremacía de la raza blanca e ideología racista, una historia no reconocida pero con impacto inequívoco, es una legacía continuada dentro de nuestras nociones de quiénes pueden definirse como americanos. La mayoría de los europeos, incluso los inmigrantes recién llegados, puede asimilarse en la cultura dominante casi inmediatamente por causa del privilegio de su piel blanca, el hecho de ser, más o menos, "inmigrantes voluntarios," y a menudo, su formación profesional o de clase media. Aunque se enfrentan con el dolor y la alienación de todo nuevo inmigrante, ellos, y ciertamente sus hijos y nietos, muy pocas veces sienten la necesidad de escoger su identidad; ya está hecha. Casi inmediatamente se hacen "americanos," asimilándose en las normas de raza y clase que ya están definidas en este país. En contraste, los asiáticos y latinos, e irónicamente hasta los amerindios, pueden haber estado en este país por muchas generaciones, pero todavía se les pregunta "¿De dónde eres?", una pregunta que implica el no ser de aquí. Sus caras o sus acentos son recuerdos constantes e inequívocos de sus raíces en África, Asia, América Latina, y hasta la América Indígena, y esta pregunta otra vez desmiente las afirmaciones de nuestra sociedad de aceptar a toda la gente con igualdad...

...Crear una nueva cultura tampoco quiere decir añadir unos pocos elementos étnicos a una cultura ya en existencia, así replicando lo que James Banks ha llamado la "táctica de contribuciones" (1991) a la cultura e historia de los Estados Unidos, que ahora mismo se ve en demasiados programas de educación multicultural. Todas las culturas existen en relación con las otras, y es necesario considerar precisamente esto dentro del proceso de renegociación. En cuanto al hecho de aprender un idioma nuevo, esta relación podría resultar en la combinación del viejo idioma con el nuevo para crear algo diferente. Eva Hoffman describe este proceso complejo de la siguiente manera: "Cada idioma cambia los otros, los cruza, los fertiliza. Cada idioma hace que los otros sean relativos. Como todo el mundo, yo soy la suma de mis idiomas -- el idioma de mi familia y mi infancia, y el de la educación y la amistad, y del amor, y del mundo más grande, siempre cambiante -- aunque quizás yo sea más consciente que otras personas de las fracturas entre mis idiomas, y los puntos de contacto" (1989, p. 273).

Más agresivamente, Gloria Anzaldúa escribe de la "tierra fronteriza" habitada por los chicanos y el papel crucial que el idioma hace dentro de esta creación:

Para una gente que no es española ni vive en un país donde el español sea el idioma principal; para una gente que vive en un país donde domina el inglés, pero no es angloamericana; para una gente que no se puede identificar con el español estándar (formal, castellano) ni con el inglés estándar, ¿qué más recurso tiene sino crear su propio idioma? Un idioma con el cual pueden relacionar su identidad, un idioma capaz de comunicar las realidades y los valores que son su verdad -- un idioma con palabras que no son ni español ni inglés, sino los dos. Hablamos un patois, una lengua bífida, una variación de dos idiomas. (1987, p. 55)

El idioma es un símbolo importante de la identidad cultural, y la resistencia obstinada a aceptar un idioma de imposición es evidente en las investigaciones de Juan Flores, John Attinasi, y Pedro Pedraza acerca del uso de idioma y las actitudes de los habitantes del Barrio, una comunidad puertorriqueña en Nueva York:

Por consenso general, los puertorriqueños quieren mantener el uso del español. Eso es cierto hasta para los jóvenes que reconocen que no saben mucho español. La idea es que el español debe ser oído y visto dondequiera exista la cultura puertorriqueña, una actitud que tiene conexiones tanto con el uso observado del idioma como con el ciclo de vida postulado del dominio del idioma... Los puertorriqueños también quieren aprender el inglés; para la mayoría, una persona que tiene más dominio de inglés que español no es ni paradoja ni anomalía, y mucho menos un ejemplo de la traición deliberada ni involuntaria de su cultura. Estos descubrimientos demuestran que tanto la identidad lingüística como la identidad cultural está cambiando como respuesta a las transformaciones económicas y sociales, y que el bilingüismo interpenetrante es el idioma en el cual se expresan estos cambios culturales. (1993, p. 167)

El proceso de re-creación debe preocupar e involucrar a cada uno de nosotros, pero los jóvenes que se sienten marginalizados son particularmente importante en la creación de una nueva cultura. En una nueva configuración del concepto de ser americano, las culturas indígenas no se desaparecen, como nuestras escuelas o nuestra sociedad parecen esperar o querer. En contraste, unos aspectos de estas culturas se retienen, se modifican, y se insertan de nuevo en diferentes contextos para crear algo nuevo y válido. Sin embargo, el proceso de crear una nueva cultura generalmente no es ni deliberado ni planeado. En vez de eso, es la conclusión inevitable de varias culturas que existen mutuamente de una manera insegura y contradictoria, pero también gratificante. El hip hop, el break dancing, y un sinnúmero de formas musicales nuevas son buenos ejemplos de este proceso, como es la poesía de inglés/español/"espanglés" de los latinos urbanos y los murales redefinidos de los barrios. A través de cambiar las actitudes, comportamiento, y valores de la sociedad, todos podemos sentir el consuelo de lo conocido además del dolor y la dislocación de lo desconocido.

El proceso de llegar a ser americano es más que un mero ejercicio académico, pero es necesario hacer una conexión con las escuelas de una manera fundamental. Los estudiantes y los maestros necesitan aprender cómo construir planes de estudio que afirmen a todos los estudiantes, a la vez que desafíen la idea de identidades fijas o idealizadas. Necesitan buscar nuevas fuentes de conocimiento para crear un corpus de obras cambiante que incluya a todos los estudiantes y comunidades. Y también necesitan desarrollar la "gran comunidad" mencionada por Maxine Green, no de una manera mecánica y fácil, sino mediante la negociación y renegociación constante.

Vivir con las definiciones contradictorias

Me queda, entonces, la pregunta con la cual empecé este ensayo: ¿Qué quiere decir llegar a ser americano? En el caso de los puertorriqueños, el ejemplo que más me toca de cerca, todavía es una pregunta que nos fascina y nos define. Termino este ensayo con una meditación acerca de la experiencia puertorriqueña, no sólo por causa de mi propio auto-interés, sino porque puede ayudar a iluminar a otra gente para quien la cuestión de identidad es tan central. Roberto Márquez trata estos asuntos en un ensayo elegante acerca de las experiencias, problemas, y desafíos de los puertorriqueños en los Estados Unidos:

Lo que surge de todo eso es la naturaleza biculturalmente y binacionalmente problemática, inventiva, e intrínsicamente difícil del "nuevo puertorriqueño," quien ya no es, de una manera importante, ningún (in)migrante, pero sí es, sin duda, el producto histórico y la extensión del "viejo" (in)migrante puertorriqueño, y se aferra con igual fervor a sus raíces isleñas. Este puertorriqueño es un viajero experto, y su lugar ahora es tanto aquí como allá y, a la vez, no es ni aquí ni allá. Entre el uno y el otro, ya no hay fronteras con patrullas ni puntos de terminación sino los resultados sincréticos del viaje constante entre, y más allá de, estos dos lugares. La intensidad oscilante de estar en un lugar fijo, pero a la vez estar en movimiento constante, es lo que nutre una resistencia creativa y una vitalidad dinámica. (1995, p. 114)

Esta meditación acerca de lo que quiere decir llegar a ser americano, atascada como es en las contradicciones y complejidades, no hace más sencilla la respuesta a la otra pregunta inevitable que la gente me hace cuando me conoce por primera vez: "¿De dónde eres?" (a veces es otra manera de decir "¿Qué eres?"). Normalmente me callo por un rato antes de hacer mi propia serie de preguntas, "¿Quiere Ud. saber dónde nací? O ¿cuál es mi patrimonio étnico? O ¿cómo yo me identifico? O ¿dónde vivo?" Éstas son respuestas posibles, pero sería más fácil contestar sin vacilar, "Soy americana." Pero porque el "ser americano" todavía no me incluye de ninguna manera fundamental, no puedo. Incluso no puedo decir, "Soy puertorriqueña-americana," porque no acepto vivir como una persona unida con guión. Y especialmente no acepto ser parte del grupo cuando la gente, con una arrogancia tan completa que ni siquiera se da cuenta de su propia ignorancia, trata de incluirme en el "club," usando sus propias definiciones y poniendo sus propias condiciones (después de una conversación no resuelta acerca de nuestras diferencias, dicen con un guiño grosero, "Bueno, somos todos americanos, ¿verdad?").

Espero que, si no para mis hijas, por lo menos para mis nietos la respuesta no será tan dolorosa. Pero espero que tampoco sea demasiado fácil. Si ser americanos quiere decir que tendrán que dejar atrás u olvidar sus propias identidades múltiples, perderán algo precioso en encontrar su respuesta. De algunas maneras, la respuesta de mis hijas ya es más complicada que la mía. Mi hija mayor, la mitad puertorriqueña y la mitad española, y con una conciencia muy profunda de su patrimonio latino, también tiene que pensar antes de contestar la pregunta. Para mi hija menor, adoptada, con patrimonio puertorriqueño, europeo (canadiense), y amerindio, su respuesta es hasta más problemática según las definiciones actuales. Y para mi pequeñita nieta, que combina todas esas culturas y también es africanoamericana, sólo puedo esperar que el "ser americano" se desarrolle para incluir todo lo que ella es, y más.

Siempre que existan los recién llegados, siempre que existan personas que no aceptan ser parte de una definición que les niegue su identidad individual y cultural, la cuestión de llegar a ser americano nos seguirá obsesionando. Nuestro desafío como sociedad es hacer sitio a todos. Maxine Green se refiere a esta gente cuando dice, "Siempre hay desconocidos, personas con sus propias memorias culturales, con voces que anhelan ser oídas" (1988, p. 87). Quizás si hacemos sitio a estas memorias culturales, a estas voces todavía no oídas, nuestra sociedad puede empezar a construir una nueva definición de llegar a ser americano.

Una selección de A Light in Dark Times: Maxine Greene and the Unfinished Conversation, William C. Ayers y Janet L. Miller, editores. Publicado por Teachers College Press, New York, NY 10027.
http://store.tcpress.com/0807737208.shtml#299
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