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Mark Falcoff El Futuro o Los Futuros de Cuba
Mark Falcoff es el autor de Cuba the Morning After: Confronting Castro's Legacy [Cuba a la mañana siguiente: Confrontando el legado de Castro] (Washington, D. C.: AEI Press, 2003).

Es creencia común que cuando Fidel Castro abandone el escenario -- un acontecimiento que inevitablemente tendrá que suceder más temprano que tarde -- Cuba y lo cubanos tendrán una oportunidad para comenzar de nuevo. Para algunos, esto significa una oportunidad para irse de la isla por siempre y reunirse con sus familiares o antiguos compatriotas en Miami. Para ciertos miembros de la comunidad de exiliados al sur de la Florida, esto probablemente signifique una oportunidad de darle vuelta atrás al reloj hasta 1958, al momento en que la isla era una aliada cercana de los Estados Unidos y tenía uno de los niveles de vida más altos de América Latina. Para otros, esto significará cambios políticos y económicos importantes que habrán de convertir la isla en una "democracia burguesa", similar a Costa Rica, El Salvador o la República Dominicana. Para otros más, representa aún la oportunidad de finalmente hacer que el socialismo funcione, en el sentido de que en la ausencia de un embargo por parte de los EE.UU. (y de la hostilidad política y diplomática de los EE.UU.), es probable que el país tenga la oportunidad de realizar su potencial económico de una manera completa adentro del existente sistema comunista.

Evidentemente aquellos que sueñan estos sueños no son la misma gente; en algunos casos, ni siquiera ocupan la misma jurisdicción política. La política oficial del gobierno de los Estados Unidos bajo cada una de las administraciones desde la del presidente John F. Kennedy, ha sido la tercera opción: ver a Cuba transformada en una democracia latinoamericana "normal". Sin duda, ninguna administración, incluso la presente, tiene la menor idea de cómo exactamente se producirá esta eventualidad; hasta el reciente reporte de Powell está dedicado, en su mayor parte, a las reacciones que EE.UU. pudiera llegar a tener después de que la transición haya comenzado. La última opción -- que implica levantar el embargo y normalizar las relaciones -- ha sido la preferencia oficial del gobierno cubano desde el comienzo, auncuando hay razones para dudar que el mismo Fidel Castro la favorece tan sinceramente como mucha de la gente que lo rodea.

Por su parte, la comunidad de exiliados tiene sueños que probablemente nunca podrán verse realizados: regresar a casa, de ambas maneras, física y espiritualmente, reivindicar su oposición a la revolución, exigir la venganza de aquellos bajo cuyo gobierno ellos y sus familias sufrieron enormemente, y fusionar la Cuba de la isla con la Cuba de la diáspora. Para la gente que está en la isla, el tema del día es más básico: la supervivencia económica en un sistema deliberadamente organizado para producir escasez con el fin de mantener el control político. Los cubanos comunes y corrientes están cansados de hacer largas filas para comprar artículos de primera necesidad, del interminable adoctrinamiento, de las incesantes llamadas para hacer sacrificios, de promesas de bienestar que continuamente desaparecen en el horizonte. Pero también albergan un profundo temor de una revuelta política repentina que pueda llegar a precipitar al país en un mar de incertidumbre. Estos temores no son sin fundamento. Completamente aparte de las fantasías revanchistas de algunos de los miembros de la comunidad en el exilio, aún no existe claridad alguna sobre la posibilidad de que un sistema alterno vaya a producir abundancia, tanto más desde que Cuba ha perdido su lugar en el mercado azucarero del mundo y es improbable que alguna vez vuelva a ser un país próspero.

Nadie puede predecir con exactitud qué forma política asumirá Cuba después de que Fidel Castro haya salido del escenario, pero es posible hacer algunas predicciones con una certeza razonable. No habrá guerra civil ni insurrección política, en parte porque aquellos que posiblemente estén inclinados a participar en tal evento ya se han ido de la isla (o están planeando irse), en parte porque las fuerzas armadas o los militares y la policía siguen siendo las agencias más efectivas del gobierno, y en parte, también, porque los asfixiantes mecanismos de un estado autoritario aseguran que cualquier forma potencial de oposición sea divida e infiltrada. Tampoco habrá una crisis de sucesión, puesto que el dictador ya ha dejado en claro que su hermano Raúl se convertirá en el jefe de estado en el evento de su desaparición. Si Raúl Castro muriera antes que su hermano, es indudable que se nombraría a otro sucesor, posiblemente incluso a uno de los hijos de Fidel Castro; a dos de los cuales recientemente se les ha hecho un retrato periodístico en los medios de comunicación cubanos.

Es menos claro, sin embargo, cuál será el verdadero contenido político y económico de Cuba bajo Raúl Castro o bajo algún otro miembro de la familia Castro. Una especie de capitalismo amiguista, aunado a las acciones de los inversionistas extranjeros sin escrúpulos, ya se está comenzando a desarrollar al interior de la más extensa (y cada vez más vacía) armazón del socialismo. De muchas maneras, el país ya está haciendo la transición hacia algo parecido a los anticuados sistemas patrimoniales como los que hemos visto en la República Dominicana de Trujillo o en la Nicaragua de Somoza, en dónde las fuerzas armadas constituyen el partido político más importante (en realidad, el único), y en donde hay una confusión entre los intereses de la familia gobernante y aquellos del estado. Ya sea que sus líderes quieran nombrar tal sistema "marxismo-leninismo", "comunismo", "socialismo" o algo distinto, resulta casi irrelevante.

Hay un hecho trágico que deberán enfrentar los cubanos de ambos lados del estrecho de la Florida. Los casi cincuenta años de revolución han creado una enorme brecha en la cultura, las expectativas y el sentimiento de independencia de la nación. Los cubanos en los Estados Unidos están destinados a volverse como el resto de nosotros y, con el paso del tiempo, nuestra historia se convertirá en la suya. Mientras tanto, nos guste o no a nosotros o a ellos, la revolución cubana "es" historia cubana y no puede desvivirse u olvidarse. Los cubanos de la isla no pueden convertirse en Norteamérica, aún si así lo desearan, y Cuba nunca podrá ser como los Estados Unidos. Lo más probable es que Cuba siempre será pobre y le guardará resentimiento a su vecino, será desafiante en sus actitudes y extravagante en su nacionalismo. Al mismo tiempo, no obstante, Cuba no tiene otro remedio que aceptar su destino de isla caribeña, un lugar singularmente apropiado para la agricultura tropical y el turismo, pero poco más que eso. En ese sentido no es probable que se diferencie gran cosa de la República Dominicana, de Haití, Jamaica, Trinidad o un sinnúmero de distintos lugares creados para un mundo que tuvo vigencia en los siglos XVIII y XIX que ya no existe y nunca jamás podrá renacer.

Los historiadores futuros se maravillarán al ver la manera en qué la revolución de un pequeño país caribe conocido primordialmente por el azúcar, las playas y la rumba, llegó a provocar tanta pasión en los Estados Unidos -- y en el mundo entero -- durante medio siglo. La revolución en Cuba no logró crear una alternativa viable al sistema que reemplazó, y ahora -- irónicamente -- atribuye sus fallas exclusivamente a que el antiguo poder imperial no jugó su papel tradicional de protector y de banquero, y como mercado para sus cosechas. Aún así, uno podría argumentar que a este punto la revolución cubana "se trata" de una resistencia frente a los Estados Unidos y poco más que eso. Hasta cierto punto, por supuesto, esto es cierto de la historia cubana en general (con la salvedad adicional de que se trataba y también se trata de una resistencia frente a España). Esto explicaría al menos la larga trayectoria de hostilidades entre ambos países, y mitigaría cualquier optimismo acerca del futuro de las relaciones bilaterales, sin importar el sistema político que emerja para recoger los pedazos del proyecto de Castro.

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