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La Vida Sin Fidel
El historiador y ensayista Rafael Rojas es profesor e investigador del Centro de Investigación y Docencia Econůmica (C.I.D.E.) de la Ciudad de México.

Para los cubanos de mi generación, Fidel Castro es una figura demasiado cercana, con la cual nos relacionamos desde el amor, el odio o una mezcla de ambas pasiones. No se trata, naturalmente, de un Jefe de Estado temporal y ordinario, cuestionable y ridículo como cualquier presidente americano o europeo, cuya legitimidad democrática asegura su exposición a la crítica. Se trata de una leyenda viva de la era revolucionaria: un Caudillo, heroico y solemne, quien, a través de su omnipresencia pública, impone un trato casi familiar, intensamente afectivo. Los cubanos nacidos poco antes o poco después de 1959 no "criticamos" o "juzgamos" a Fidel: lo adoramos y lo despreciamos, lo aborrecemos y lo idealizamos, lo adoramos en nuestro desprecio y lo aborrecemos en nuestra idealización.

Nacimos en un país donde una Revolución, encabezada por él y personificada en él, transformó radicalmente el orden social de nuestro antiguo régimen, la República, y se presentó simbólicamente como un renacimiento de la nación cubana. Fuimos educados en el culto a esa Revolución, a sus mártires y héroes, a sus hitos y epopeyas, a sus esfuerzos y proezas. El complemento de ese culto fue el rechazo al pasado prerrevolucionario, a la herencia republicana, a sus lujos y miserias, a sus vicios y virtudes, a su cultura y su política. La Revolución cortó el cordón umbilical que nos unía al pasado para crear una mentalidad favorable al eterno presente que profetizaba su gobierno: primero nos hizo ingrávidos y luego nos atrajo.

Nuestra visión de Cuba y el mundo fue moldeada por el simple y caprichoso imaginario histórico de Fidel Castro. Según éste, nuestro país fue colonia de España durante 400 años, después se convirtió en neocolonia de Estados Unidos por medio siglo, hasta que, finalmente, en enero de 1959, triunfó una Revolución que conquistó la verdadera independencia. Pero la hazaña revolucionaria, de acuerdo con el relato fidelista, no terminó ahí: junto con la plena soberanía llegó la justicia social. El socialismo y el nacionalismo fueron las dos piezas de aquella sencilla y eficaz ideología que, fundida a la persona de Fidel Castro, ha sostenido el régimen político cubano durante 44 años.

Quienes nacimos en Cuba poco antes o poco después de la Revolución somos hijos de la narrativa y el símbolo fidelistas. De niños vimos a Fidel entrando victorioso en la Habana, saltando de un tanque en Playa Girón, hablando en la Plaza de la Revolución ante decenas de miles de adultos, nuestros padres, que lo aplaudían y le gritaban consignas de admiración: "¡Fidel, seguro, a los yanquis dale duro!" O, simplemente: "¡Fidel! ¡Fidel! ¡Fidel!...", en una larga reiteración del nombre, levemente acentuado en la i, que terminaba ahogándose en una ovación frenética. Arriba, en la cumbre, Fidel respondía a esas muestras de amor con una sonrisa y frotándose las manos, como si simulara un aplauso a sí mismo.

Crecimos encapsulados en esa ceremonia. No conocimos el pasado de Cuba y se nos enseñó a odiarlo; no conocíamos el mundo y se nos enseñaba a desconfiar de él. Aquella desconfianza era especialmente inducida contra los países capitalistas del Hemisferio Occidental y, sobre todo, contra Estados Unidos, pero tampoco excluía a la Unión Soviética, China y Europa del Este. Los países socialistas eran nuestros aliados, pero pertenecían a un Segundo Mundo, con sociedades más desarrolladas y, por tanto, más peligrosas, más abiertas al mercado, al dinero, a la técnica y a otros atributos de la modernidad. Las naciones latinoamericanas tampoco eran confiables, pero, como víctimas de Estados Unidos, merecían nuestra hermandad.

Aislados por la desconfianza y el recelo, nuestra educación se basó en la certidumbre de la excepcionalidad histórica de la Cuba revolucionaria. Una condición singular en la que la fatalidad geográfica de la cercanía con Estados Unidos aparecía como una bendición providencial que asignaba a los cubanos la misión de redimir a la isla y al mundo del imperialismo yanqui. Se nos enseñó que éramos diferentes porque éramos mejores: más independientes, más justos, más libres, más cultos. Imaginábamos que ser cubano, es decir, habitante del país de Fidel Castro, era una condición histórica privilegiada y que el mundo entero, embelesado ante la hazaña revolucionaria, agradecía nuestra mera existencia.

Éramos personajes de una ficción. Actuábamos dentro de un guión elaborado por la ambiciosa mentalidad de un caudillo mesiánico. Pero aquella era una ficción tangible, histórica, sumamente funcional, que abastecía al mundo de un mito necesario: el de una pequeña isla, ubicada a 90 millas de Estados Unidos, que se resistía a organizarse socialmente de acuerdo con las premisas liberales y democráticas de la modernidad occidental. La genialidad de Castro reside en haber constatado esa sed mitológica de Occidente, motivada por el complejo de culpa moderno y ansiosa de utopías comunitarias, y en haber sabido aprovechar todas las fuerzas mundiales en favor de la escenificación de un mito. Fidel ha sido capaz de manipular a las grandes potencias modernas e, incluso, a regiones y continentes enteros, en beneficio de ese despotismo mitológico: a América Latina y a África, a Europa y a Asia, al Medio Oriente y a China, a la Unión Soviética y a Estados Unidos.

Nuestros padres y abuelos, que sí conocían el mundo exterior y el pasado de Cuba, aunque subestimaban el enorme talento de este Napoleón del Caribe, cedieron a Fidel su liderazgo histórico. Entre ellos y el líder se produjo una transacción simbólica que abrió las puertas y ventanas de nuestros hogares a la persona mítica del Comandante en Jefe. Una vez instalado en el corazón de nuestras familias, Fidel desplazó la figura paterna, enamoró a nuestras madres y esposas, fascinó a nuestros hermanos e hijos. El infinito poder público de Fidel Castro en Cuba se construyó sobre el dominio privado de la gran mayoría de las familias cubanas. Un gran retrato de Fidel en la sala de la casa, junto a fotos de la abuela o el nieto, era un objeto doméstico, perfectamente incorporado a la afectividad cotidiana del pueblo de la isla. Ese pueblo creía en Fidel como se cree en un santo que realiza el milagro de la grandeza nacional.

Es por ello que para la generación de cubanos que nacimos poco antes o poco después de 1959, la vida sin Fidel es y será un estado de orfandad política. Quienes rompimos públicamente con el régimen, a través de la disidencia o el exilio, vivimos anticipadamente esa condición de huérfanos históricos que pronto experimentarán todos los cubanos: aquellos a los que se les derrumbó el régimen en el silencio de sus conciencias, pero ocultan el derrumbe por miedo o por ambición, y aquellos que aún se empeñan en percibir a Fidel Castro como la encarnación de ciertas ideas socialistas y nacionalistas, que deberán regir la vida económica y política de Cuba, por los siglos de los siglos, aunque para garantizar dicha perpetuidad tenga que mantenerse la actual ausencia de libertades públicas.

La orfandad nos unirá a todos los cubanos, castristas y anticastristas, en una suerte de hospicio, donde deberemos aprender a convivir en paz y a resolver nuestras diferencias de manera civilizada. Será un despertar a la realidad de que somos un país tan pobre, inequitativo, autoritario, corrupto y dependiente como cualquier otro país latinoamericano. Que no venimos a este mundo para cumplir misión providencial alguna, sino para asegurar, en lo posible, la libertad, la igualdad y la felicidad de una población reducida que, durante décadas, ha vivido exenta de los derechos y deberes elementales de una ciudadanía moderna. La vida sin Fidel será una reconciliación con el pasado cubano y con el presente occidental, que son nuestro verdadero entorno temporal y espacial. Será, en suma, un crecimiento y una desilusión, un abandono del sueño protector del socialismo autoritario y una inserción democrática en el mundo injusto del capitalismo global.

La piel del caudillo
Cuando niño y adolescente, fui muchas veces a la Plaza de la Revolución a escuchar a Fidel. Entonces vivía en el barrio del Vedado y las familias del vecindario, impelidas por los líderes del Comité de Defensa de la Revolución, se reunían en la calle para caminar juntas hasta la Plaza. Recuerdo aquellas peregrinaciones como ceremonias de reconciliación, en las que todos los odios y envidias, vigilancias y delaciones que envenenaban la vida del barrio, se dejaban a un lado para asistir a esa suerte de comunión revolucionaria, encabezada por el Comandante en Jefe.

Desde la multitud, la figura de Fidel, agitando su cuerpo frente a los micrófonos y debajo del gran Martí de piedra blanca, se veía como un pequeño punto verde. La voz, amplificada por decenas de altoparlantes, podía escucharse con nitidez, aunque cada frase dejara la estela de un eco. Recuerdo el silencio, la gravedad con que mis padres oían el discurso y aquella posición adusta, solemne, de cabeza reclinada y brazos cruzados, que los niños imitábamos sin comprender cabalmente las palabras de Fidel. Recuerdo también la vergüenza ante el regaño de algún adulto, cuando en medio de aquella misa política, me atreví a reír o jugar con mis amigos.

Tal vez el primer discurso de Fidel que comprendí, al menos parcialmente, fue el que dedicó a la muerte de Salvador Allende, en septiembre de 1973, tras el golpe militar en Chile. A mis ocho años, aquellas palabras de Fidel, que tejían la historia del bombardeo del Palacio de la Moneda, la resistencia de Allende en los pasillos y escaleras, con aquel fusil, aquella pistola y, sobre todo, aquel casco sobre sus espejuelos de letrado, de político civil, y, finalmente, la inmolación en el despacho y el cuerpo ensangrentado, cubierto por la bandera chilena, me impresionaron profundamente. Fidel era un narrador que sabía emocionar al público con el drama de la política.

También recuerdo con emoción otro discurso, el que pronunció en 1976 en honor de las víctimas de un atentado contra un avión civil de Cubana, en el que murieron varias decenas de personas inocentes. Esa vez, Fidel concentró su don oratorio en describir aquella tripulación, compuesta sobre todo por deportistas, para enfrentar la nobleza de las víctimas a la vileza de los terroristas que colocaron una bomba en la nave. Al final del discurso, Fidel dijo una frase que hoy me parece cursi y hasta patética, pero que en aquel momento se grabó en mi mente infantil como se graban los lemas y las consignas, los himnos y las canciones de una cultura revolucionaria: "cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla".

Todavía algunos discursos de principios de los 80, como aquellos que concibió durante la campaña internacional contra la deuda externa de los países latinoamericanos, siendo entonces Presidente del Movimiento de los No Alineados, llegaron a deslumbrarme en la adolescencia. Entre 1985 y 1990, mientras estudiaba filosofía en la Universidad de la Habana, comencé a escuchar las palabras de Fidel de otra manera: descubría sus contradicciones, rechazaba sus poses, reconocía sus trampas y, sobre todo, me molestaba su arrogancia nacionalista, muchas veces encubierta tras exaltación patriarcal y demagógica de la "valentía" y la "dignidad" del pueblo cubano.

Una vez, siendo niño, ví de cerca a Fidel. Varios pioneros hacíamos guardia de honor a la entrada de la casa del Che Guevara, en la Playa de Tarará, que por un tiempo funcionó como museo. Fidel se detuvo ante la puerta, nos dio la mano, nos palpó la cabeza y entró seguido por esa corte de acólitos, periodistas y escoltas que siempre lo acompañan. Cuando evoco aquel instante de proximidad física, mi memoria se concentra en el rosado de aquella piel, que establecía un perfecto contraste con el verde olivo del uniforme, y en la extrema suavidad de las manos. Un color y una textura que remiten a algo ajeno, por no decir contrario, a la dureza de un poder ejercido contra viento y marea.

En 1990, poco antes de emigrar a México, conocí personalmente a Fidel y conversé con él. Yo acababa de regresar de Moscú y participaba en un congreso de estudiantes que tuvo lugar, ese año, en la Habana. Fidel, que había escuchado -al parecer con agrado -- una intervención mía a favor de una reforma de la enseñanza de las ciencias sociales que rescatara, frente al predominio del marxismo soviético, otras fuentes del pensamiento de izquierda, como el marxismo occidental y la tradición intelectual latinoamericana, se dirigió a mí, en un pequeño círculo, durante la cena en el Palacio de la Revolución, con una pregunta: "¿están leyendo mucho sobre la perestroika, allí en la Universidad?". Yo le respondí: "Sí, Comandante".

Mi respuesta dio pie a una larga disquisición en la que Fidel comenzó exponiendo sus reservas hacia la perestroika y la glasnost, impulsadas en Rusia por Mijaíl Gorbachov, y terminó invocando las ideas radicales del Che Guevara, quien, según dijo, "siempre pensó que Lenin se había equivocado al cambiar la política del comunismo de guerra por la NEP". En ese momento, se dirigió nuevamente hacia mí: "¿no es así, filósofo?". A lo que yo respondí, más o menos: "sí, es probable Comandante, pero fue en esos años finales, los de la NEP, cuando Lenin escribió sus mejores páginas como pensador que son las de los Cuadernos filosóficos". Súbitamente, Fidel perdió el interés en la conversación y buscó otros interlocutores.

Trece años después de aquel encuentro, cuando intento recordar el rostro de Fidel lo primero que me viene a la mente no es la barba blanca, teñida de gris, ni las cejas móviles que con tanta facilidad hacen pasar su semblante de la simpatía a la irritación, sino esos lunares rojizos que abundan en su frente y en su sien. Es evidente que con el tiempo mis ojos se han abierto a las manchas de aquella piel suave y rosada -- textura engañosa de una frenética voluntad de dominio -- tal y como se abre la conciencia de un individuo libre a los vicios y las mañas de un caudillo. Cuando se aprende a discernir entre un comportamiento autoritario y otro democrático, es inevitable asociar la imagen de Fidel Castro con la más larga dictadura personal de la historia latinoamericana.

El encanto de la reliquia
A finales de febrero de 2003, Fidel Castro fue reelegido por unanimidad, en la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba, para ejercer los cargos de Presidente del Consejo de Estado y Presidente del Consejo de Ministros por un nuevo período de cinco años. Si a estas dos funciones, que reúnen la máxima autoridad en el poder ejecutivo de la isla, se suman las de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, que es el grado histórico y vitalicio que le corresponde como caudillo de la Revolución, y la de Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba, que seguramente le será refrendada en el VI Congreso de esa organización política, la única que existe en el país, podría afirmarse que, mientras tenga salud y lucidez, Fidel Castro permanecerá al frente del estado cubano hasta 1908. De ser así, en diciembre de ese año cumplirá, a sus 82 años, medio siglo en el poder.

50 años acumulando en sus manos las mayores potestades de un gobierno, sin el contrapeso de una oposición, un parlamento autónomo o una prensa crítica, no parecen suficientes para asegurar el descrédito político de Fidel Castro. Dentro y fuera de Cuba existen millones de personas que admiran y justifican ese largo despotismo o que, simplemente, lo disculpan como el saldo inevitable de una gran obra revolucionaria. Es evidente que la comunidad internacional y una buena parte de la opinión pública mundial, sobre todo en América Latina y Europa, ha decidido relativizar sus valores democráticos en el caso de Fidel Castro y perdonar su inveterada autocracia. La gran hazaña de Fidel es haber asumido la representación de símbolos autoritarios de una manera sutil y hasta coqueta dentro de la mentalidad occidental.

¿A qué se debe esta relación condescendiente, casi cómplice, que un dictador como Fidel Castro establece con casi todas las democracias occidentales? Una parte de la respuesta habría que encontrarla en la fuerza de ese mito de la historia occidental que fue la Revolución Cubana. Para América Latina y Europa, para Asia y África, la Cuba revolucionaria de los años 60 encarnó la nobleza de dos causas: la voluntad soberana de un pequeño estado nacional del Caribe, ubicado a 90 millas de Estados Unidos, y el deseo político de crear una sociedad más justa, con una distribución equitativa de la riqueza y una satisfacción plena de derechos sociales básicos, como la educación, la vivienda, la salud y el empleo. Esas dos causas hicieron de la pequeña Cuba el gran mito revolucionario occidental de la segunda mitad del siglo XX.

Aunque los medios -alianza con la U.R.S.S., eliminación de facciones revolucionarias, establecimiento de un régimen marxista-leninista de partido único, estatalización absoluta de la economía, clausura de libertades públicas -- implementados para alcanzar aquellos fines, fueran reprobables a los ojos de la cultura occidental, la Revolución Cubana logró apoderarse del corazón de Occidente. Y esto fue posible porque ambas causas, la de la independencia de Estados Unidos y la de la justicia social, no sólo cifraban las esperanzas de todos los países de América Latina, África y Asia, sino suscitaban la mayor simpatía del público liberal y democrático de la sociedad europea y norteamericana. Desde entonces, la Revolución Cubana se convirtió en un hito de la historia de occidental, más entrañable o arraigado que las revoluciones rusa o mexicana a principios del siglo XX.

El misterio de la permanencia de Fidel Castro en el poder se debe también al enorme talento que posee este caudillo para personificar y vender el símbolo de la Revolución Cubana, aún cuando sus prácticas políticas se aparten con frecuencia de los valores revolucionarios. Fidel Castro es un político radicalmente pragmático que sabe arropar sus juegos de poder con una moralidad justiciera. Ese pragmatismo se manifiesta en sus aproximaciones, siempre temporales y flexibles, a ciertas ideologías (la socialdemocracia en los 50, el marxismo occidental en los 60, el comunismo soviético en los 70...) y en su implacable abuso de autoridad en momentos difíciles: Bahía de Cochinos y la crisis de los misiles, la aniquilación de los comunistas prerrevolucionarios y el fusilamiento de Ochoa y De la Guardia, el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate y el caso Elián.

El trasfondo simbólico de los vaivenes ideológicos de Fidel Castro es el nacionalismo revolucionario. Sin embargo, en la instrumentación política de esa simbología también ha sido pragmático. Así lo demostró al sellar su alianza con la U.R.S.S. entre 1961 y 1962 o, más recientemente, al permitir el uso de la base naval de Guantánamo como cárcel de prisioneros de guerra talibanes por parte del gobierno de George W. Bush. Ese pragmatismo siempre se oculta tras una vehemente retórica nacionalista y emancipatoria y resulta invisible para la mayoría de sus seguidores. Durante treinta años, es decir, entre la crisis de los misiles en 1962 y la descomposición de la U.R.S.S. en 1992, Fidel Castro contó con la protección del pacto Kennedy-Kruschov. Aún así, la imagen que logró vender al mundo fue la de un régimen acosado por Estados Unidos, a punto de ser invadido en cualquier instante. En los últimos diez años, ya sin la protección soviética, Cuba circula mundialmente como un símbolo antiamericano, aunque el primer objetivo de su gobierno sea el levantamiento del embargo para restablecer los vínculos comerciales y financieros con el imperio.

La funcionalidad simbólica del régimen cubano y de su epifanía, la persona de Fidel Castro, dentro de la cultura liberal y democrática de Occidente, ha llegado, en los primeros años del siglo XXI, a su más completa normalización. Dos de los grandes hacedores de símbolos contemporáneos, el Papa Juan Pablo II y Steven Spielberg, han peregrinado hasta la Habana y han rendido pleitesía al mago mayor. En esas ceremonias, Fidel Castro y la Revolución Cubana aparecen con la dignidad que otorga la vejez, con el brillo que les imprime la pátina del tiempo. Es probable que los historiadores de mañana concluyan que la Revolución Cubana fue el mejor saldo de la biografía política de Fidel Castro y que el castrismo fue el peor legado de la empresa revolucionaria. Hoy, por lo pronto, esas dos entidades permanecen fundidas en una misma metáfora del poder que ya ostenta el encanto de las reliquias.

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