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"No sólo era el trabajo duro, pero porque yo era una mujer joven, los capataces y dueños de restaurante pensaban que ellos pudieran hacer lo que se les antojara conmigo."
- Carmen (lea la historia de Carmen)
"No les importó a los agentes de inmigración que algunas de las mujeres estuvieran embarazadas o si nosotras tuviéramos niños pequeños esperándonos en casa. Ellos nos arrestaron sin cualquier explicación."
- Florencia (lea la historia de Florencia)
"Yo conozco a muchas mujeres que sufren del abuso doméstico. Ellas no pueden pagar la renta porque sin papeles no pueden conseguir trabajo estable."
- Claudia (lea la historia de Claudia)
"El gerente nos llamaba tontas, ignorantes y vulgares."
- Maria (lea la historia de María)
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Carmen, Florencia, Claudia y María son mujeres que han venido a los Estados Unidos en busca de una vida mejor para sí mismas y para sus familias, sólo para encontrar al inmigrar a su nuevo país problemas que ellas nunca se habían imaginado.
Cinco años después de la Cuarta Conferencia Mundial sobre las Mujeres en Beijing, China (en 1995), La Red Nacional para la Inmigración y los Derechos de los Refugiados informa que las mujeres inmigrantes están entre los más vulnerables a la explotación, el abuso y violaciones de los derechos humanos en los Estados Unidos. La legislación promulgada desde que la Conferencia tuvo lugar ha tenido un impacto negativo en el bienestar, el empleo y en la vida familiar de las mujeres inmigrantes. Por ejemplo, mientras muchos programas para la transición del uso de servicios del bienestar al trabajo ("welfare-to-work") ofrecen servicios para ayudar a las mujeres a encontrar trabajo, estos programas a menudo no se enfocan en las necesidades importantes como el acceso al entrenamiento, el cuidado de los niños y el transporte básico. Éstos son elementos críticos que ayudan a las mujeres a encontrar trabajo y tener éxito en sus empleos.
Las mujeres inmigrantes a los EE.UU. enfrentan desafíos particulares, no sólo debido a las desigualdades que existen entre los hombres y las mujeres, sino a veces debido a las responsabilidades adicionales del cuidado de la familia y la casa. Al lugar de trabajo, las mujeres inmigrantes pueden ser sometidas a la discriminación del género así como al prejuicio basado en su etnicidad o país de nacimiento. Las mujeres que no tienen la documentación que les permita legalmente trabajar a menudo se ven obligadas a trabajar bajo las condiciones de las maquiladoras (sweatshops). Muchas de las mujeres inmigrantes indocumentadas trabajan en los campos y las granjas a veces con sus niños a su lado porque ellas no pueden pagar a una niñera. Otras inmigrantes vienen a los EE.UU. para trabajar como empleadas domésticas o cuidadoras de salud, a veces dejando a sus propios niños en su país natal donde los parientes los crían. Aprenda más sobre este fenómeno en un artículo sobre la maternidad transnacional.
Lea las siguientes historias personales de mujeres latinoamericanas, seleccionadas de reuniones municipales del AFL-CIO por todo el país.
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Mi nombre es Carmen. Tengo 17 años y soy la madre de un bebé de 15 meses. Cuando yo tenía cinco años, mi madre fue a los EE.UU. desde Baja California, México, y dejó a mis hermanas adolescentes a cargo de mi hermano de 7 años y a mí. Cuando yo tenía 7 años, mi madre había juntado dinero para tener un coyote (una persona que cobra mucho por pasar a escondidas a personas a los EE.UU.), y nos consiguió llevar a mi hermano y a mí por la frontera. Mi madre fue obligada a llevarnos con ella a los campos de trabajo porque ella no podía pagar por una niñera. Trabajamos casi cada verano allí; rompiéndole el corazón de mi madre al pensar que nosotros tendríamos que pasar por lo que ella estaba pasando. El resto del año trabajé los fines de semana en restaurantes: Días de 11 horas de trabajo por sólo $30 por día. Cuando yo regresaba a casa mis manos estaban cortadas y quemadas, y mi cuerpo entero me dolía. No sólo era el trabajo duro, pero porque yo era una mujer joven, los capataces y dueños de restaurante pensaban que ellos pudieran hacer lo que se les antojara conmigo, pues yo también tenía que aguantar el acoso sexual.
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Mi nombre es María Sánchez. Yo soy de Mexicali, Baja California, México. Allí yo era la cajera principal de una cadena grande de mercados operados por el gobierno. Con la desvalorización del peso en los años ochenta, perdimos todo lo que nosotros teníamos. Nos fuimos a Salinas con nuestros cuatro niños a buscar una vida mejor. Yo conseguí un trabajo como recamarera en un hotel en Palm Springs, California en 1997. El trabajo era muy difícil. Yo ganaba $4.75 por hora y sin beneficio alguno. El gerente nos llamaba "tontas," "ignorantes" y " vulgares." Cuando ellos empezaron a quitarnos nuestro beneficio de vacaciones, estuvimos tan disgustados, que empezamos a organizarnos con una unión para empleados de hoteles. Entonces la gerente se dio cuenta y empezó a atormentarnos. Después de una marcha de la organización, la gerente suspendió a los supervisores que habían marchado con nosotros. Yo intenté convencerle a la gerente que volviera a poner a trabajar a nuestros colaboradores. Ella se negó. Finalmente, todos nosotros salimos del trabajo, como unas 37 personas. Era algo especial y bonito. A la mañana siguiente, la gerente nos hizo saber que todos nosotros estábamos despedidos. Empezamos una huelga desde ese día. Perdí mi casa; yo vendí algunas de mis posesiones para que pudiéramos sobrevivir. Después de cuatro meses en huelga, la organización "National Labor Relations Board" y la unión negociaron un acuerdo con la compañía, y además que todos nosotros podríamos regresar a nuestros trabajos. Pero entonces nosotros nos encontramos con una sorpesa terrible. La compañía insistió en verificar a todos con papeles de inmigración antes de devolvernos el trabajo. Yo no me preocupé quién tenía papeles y quién no. Todos merecemos ser respetados. Todos decidimos que nadie se regresaría hasta que todos nosotros regresáramos. La unión no cedió a las demandas del hotel, y nosotros ganamos. Finalmente todos regresamos a trabajar en el hotel.
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Mi nombre es Florencia García y vivo en Brewster, Washington. Yo he trabajado durante muchos años en una planta procesadora de manzanas, pero en 1997 yo fui detenida por el INS (la migra) mientras trabajaba allí. La mayoría de los obreros detenidos eran mujeres que habían vivido durante mucho tiempo en los EE.UU. No les importó a los agentes de inmigración que algunas de las mujeres estuvieran embarazadas o si nosotras tuviéramos niños pequeños esperándonos en casa. Ellos nos arrestaron sin cualquier explicación. Cuando llegamos a la cárcel, un agente hispanohablante nos dijo que si nosotros escogiéramos ir ante un juez, entonces sería muy probable que estuviéramos en la cárcel durante muchos meses. Después de 10 minutos, teníamos que decidir qué hacer. Yo tuve miedo de que al quedarme en la cárcel la migra iría y arrestaría a los demás miembros de mi familia. Era todo esto muy confuso. Yo estaba muy nerviosa y decidí ser deportada ese día. Casi todos quienes fuimos deportados en esa pesca regresamos a Brewster porque es allí donde vivimos y trabajamos. Nosotros no queremos regresar a México a vivir porque nuestros niños son ahora de aquí. En México, nosotros no podíamos comer, no teníamos zapatos - ¿cómo podríamos regresar a esa pobreza?
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Mi nombre es Claudia Gonzáles. Yo tengo 37 años y soy de México. En 1991 vine a los Estados Unidos con mi marido. En México, mi marido me abusaba, pero las cosas se empeoraron aquí porque él tenía papeles y yo no. Él me amenazaba con entregarme a la Inmigración, a tomarme allí por la fuerza. Yo pensaba que tenía que continuar con él, y aceptar todo ese abuso hasta que pudiera un día conseguir los papeles (para el estado de la residencia legal). Tenía tres niños y, ya que no tenía permiso para trabajar, no podría trabajar. ¿Cómo iba a arréglarmelas con mis niños y sin trabajo? Más tarde, yo decidí tomar ese riesgo. No podía seguir viviendo con él ya no más. Yo conozco a muchas mujeres que sufren del abuso doméstico. Ellas no pueden pagar la renta porque sin papeles no pueden conseguir trabajo estable. Ahora yo me siento fuerte, pero la violencia me ha marcado y eso nunca se borrará.
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