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En una fábrica muy ocupada, unas mujeres latinoamericanas cosen y unos hombres planchan en medio del zumbido ensordecedor de las máquinas de coser y el vapor abrasador de las planchas. Un cliente se queja al jefe de la calidad de la mercancía, y el jefe le promete su pedido completo para el día siguiente. Las costureras se sonríen entre sí al mirar al jefe y al cliente discutir pero vuelven a trabajar tan pronto como el jefe circula para examinar su trabajo. De repente, él despide a una mujer joven que no realizó su tarea suficientemente bien. Las demás empleadas bajan sus cabezas, demasiado asustadas para poder defenderla.
Al salir de la fábrica al final del día, las mujeres se sonríen y charlan. Todavía no les han pagado, pero para lunes tienen la promesa del sueldo atrasado. Los gerentes han hecho promesas antes que no han cumplido.
Una de las obreras, Ana, está en casa lavando los platos cuando su amiga Consuela llega para decirle que su madre llamó y necesita hablar con ella. Ana devuelve la llamada y descubre que su hija está enferma y necesita mucho dinero para tratamiento. Más tarde, en una tienda de vestidos para niñas, Ana le dice a su amiga que lamenta no haber llevado a su hija a los EE.UU. Le muestra una fotografía de Carmelita, que tiene seis años, y dice que necesita $400. Su amiga ofrece vender los vestidos que ella ha hecho al dueño de una tienda, pero él dice que no compra nada que no haya pedido.
Las mujeres en la fábrica donan fondos para ayudar a la hija de Ana. Ellas saben que Ana las reembolsará cuando finalmente les paguen al trabajo. Ana le pide al jefe que le dé por lo menos dos semanas de sueldo, pero él dice que no hay dinero esta semana.
Ana va en busca de su primo Julio que supuestamente acaba de haber sido pagado. Ella lo encuentra en un bar tomando cerveza con sus amigos. Aunque él le debe dinero y está comprando las bebidas, él dice que no puede darle dinero ahora, pero que le dará cuánto pueda para el domingo. En el tren la madre, angustiada, ora: "Carmelita está tan lejos - ella es lo único que tengo."
De vuelta en la fábrica, los obreros charlan antes de la campana que empieza el trabajo. Ana está callada, no trabaja. Cuando el jefe le grita que se ponga a trabajar, ella se niega, diciendo que él debe pagarle. Él la despide, pero ella se niega a salir, agarrando su máquina de coser con los brazos. Despacio, las otros dejan de trabajar, creando un punto muerto entre los gerentes y las obreros, cuyas varias expresiones se revelan al acercarse la cámara: miradas hacia abajo, miradas de suplicación, de censura, de rabia y de firmeza, en el extraño silencio de la fábrica.
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